martes, 29 de diciembre de 2015

Escribir sobre piel







Martirologio de Usuardo
(1450)

Libro de pergamino miniado 
Museu d'Art. Girona. 





Antes de iniciar esta entrada, quisiera decir dos palabras sobre el Martirilogi d'Usuard, un libro miniado del s. XV que se conserva en el Museu d'Art de Girona. Este códice de pergamino miniado se salvó de los turbulentos sucesos de la Guerra de 1936, en la que muchos tesoros de la Iglesia fueron destruídos por las fuerzas revolucionarias, gracias a la intervención de mi tío abuelo, Eduard Fiol Marquès, a la sazón Comissari d'Art de la Generalitat de Catalunya. Gracias a él este precioso documento (y otros muchos) se salvaron de una segura destrucción. Desde aquí mi homenaje a su figura y mi sincero agradecimiento a su casi olvidada actuación que permitió salvar piezas claves de nuestro patrimonio cultural

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Me encuentro todavía con algunas amistades que me comentan que no se acostumbran a leer libros electrónicos. Les parece más romántico leer libros en papel y me argumentan que disfrutan con el aroma del papel impreso, con su tacto, con el murmullo del paso de las hojas. A pesar de que les hago notar que estos pequeños placeres, aunque comprensibles, no tienen mucho que ver con la lectura, y que se trata solamente de circunstancias que asocian con ella por su propia experiencia de lectores en soporte vegetal, me cuesta convencerlos. Insisten en que leer de verdad es leer en libros códice, encuadernados con tapas y destinados, a la larga, a acumular polvo en el rincón de una estantería olvidada. Y es que - en general - observo que los detractores de los libros electrónicos son precisamente las personas que leen de forma más ocasional, menos frecuente. 


Personalmente, debo confesar que he tenido una larga relación en el curso de mi vida con los libros de papel. Desde la infancia he pasado largas horas en venerables bibliotecas, soy un buen cliente de librerías, he adquirido numerosos ejemplares que se acumulan por las estanterías de mi casa y de mi despacho profesional e incluso he contribuído a engrosar el volumen de la edición en papel publicando varios libros en solitario y un buen puñado de capítulos sueltos en obras de diversos autores. Además, he recorrido rastros, mercadillos y librerías de lance buscando libros antiguos de diversa índole. Mi relación con los libros impresos ha sido - y es - innegable y duradera. 


Sin embargo, y sin necesidad de renegar de lo anterior, me he convertido desde hace unos años en un firme defensor de los libros electrónicos. En realidad, se trata en muchas ocasiones de los mismos libros, con idéntico contenido, en los que únicamente varía el soporte. Hace poco, releí algunos capítulos del Candide de Voltaire, en formato electrónico. Sus palabras son idénticas al del viejo ejemplar en papel que yace en uno de los estantes de mi librería.


Libro de los Muertos, escrito en jeroglífico hierático sobre papiro.

















Y es que el soporte en el que se han escrito los libros ha variado a lo largo del tiempo. Porque libro era el Libro de los Muertos egipcio, que se escribía (o esculpía) en las paredes de las tumbas para acompañar al difunto a la otra vida. En este caso el soporte era un soporte mural, que decía lo mismo que los ejemplares en rollos de papiro que se podían adquirir también para asegurarse una transición al Más Allá. Libros eran también, ¡como no!, las tablillas de arcilla sumerias, escritas con carácteres cuneiformes y que se ordenaban en enormes bibliotecas. Libros fueron también, durante siglos, los primorosos códices en pergamino, manuscritos e iluminados en los scriptoria monásticos medievales. Y solamente desde finales del s. XV, con el advenimiento de la imprenta de Gutemberg se imprimieron libros en papel, contribuyendo - eso sí - a una mayor difusión al posibilitar la edición de numerosos ejemplares a un precio módico. Ahora, en los años iniciales de nuestro siglo, ha aparecido un nuevo soporte, el libro electrónico, que en mi opinión, acabará sustituyendo al libro impreso. 


Tablilla cuneiforme mesopotámica

Sea como fuere, me voy a referir hoy a los libros escritos sobre piel animal, o sea, a los libros de pergamino, que durante siglos salvaguardaron la cultura occidental. El pergamino era la piel de las reses (generalmente de animales muy jóvenes e incluso en los casos del pergamino más fino, de mejor calidad, de fetos no nacidos). La piel de estos animales se sometía a un proceso de eliminación de la hipodermis y de la epidermis, dejando solamente la dermis, es decir un soporte de fibras colágenas que eran convenientemente estiradas, recortadas y alisadas. Con esto se elaboraban rollos o filacterias y también códices encuadernados, similares en formato a los libros impresos actuales, si bien de mucho mayor tamaño. 


Efigie de Sofía (la Sabiduría) en la Biblioteca de Celso. Pérgamo
Antes de usar el pergamino se escribía sobre papiro, un soporte vegetal elaborado con una planta que crecía en los cursos fluviales (Cyperus papyrus). Se usaba para escribir desde 2600 a.C. Para la confección de las hojas sobre las que se iba a escribir, el tallo de la planta se cortaba en láminas finas y muy largas, que se disponían entrecruzadas unas con otras y posteriormente prensadas, amartilladas y pulidas. Se obtenía así una faja de 30-40 cm de altura por 6-15 m de largo, en donde se escribía y dibujaba. Luego era enrollado para su conservación en tubos. El resultado era un material fino y útil para este fin, aunque bastante frágil. 


Ilustraciones miniadas del
Martirologio d'Usuard.
Museu d'Art de Girona


Tras la muerte de Alejandro Magno (324 a.C.) fundador de la gran Biblioteca de Alejandría en Egipto, la ciudad de Pérgamo, en Misia (hoy Turquía) alcanzó una gran prosperidad y empuje cultural bajo el reinado de Eumenes II.  En Pérgamo se desarrollaron multitud de conocimientos como la astronomía, la construcción naval, la literatura, las matemáticas y la filosofía. La Biblioteca de Celso, en Pérgamo pronto rivalizó con la de Alejandría. Ambas ciudades afirmaban poseer la mejor biblioteca del mundo y producían una gran cantidad de libros. 


El papiro se producía casi en exclusiva en Alejandría, en Egipto, ya que el Nilo lo suministraba en abundancia. Según una leyenda, Alejandría dejó de suministrar papiro a Eumenes de Pérgamo, produciendo una gran carestía de este material. Para suplir esta falta de material, en Pérgamo comenzaron a usar pieles animales para transcribir textos (oveja, cabra y el más fino de todos, el de ternera recien nacida, la vitela). Pronto se dieron cuenta de que el nuevo soporte era más cómodo, tanto para escribir como para leer y que se conservaba mucho mejor que el papiro, de origen vegetal, mucho más frágil y quebradizo. El nuevo material no tardó en imponerse y Pérgamo se convirtió en una gran productora de estas pieles, que por su procedencia se comenzaron a denominar pergaminos





Biblioteca de Celso. Pérgamo. 


De todos modos, aunque esta leyenda sea parcialmente cierta, la posibilidad de escribir sobre pieles ya se conocía, incluso en Egipto. Recientemente se ha encontrado un pergamino escrito de hace 4000 años en el Museo Egipcio del Cairo. 

Aunque al principio, el pergamino también se conservaba enrrollado, pronto se comenzó a coser en hojas, dando origen al códice encuadernado, que finalmente derivaría en el libro, alrededor del año 84 d.C. La difusión de las Biblias cristianas a partir del s. IV popularizará definitivamente este tipo de formato. 



Las bulas papales se siguieron escribiendo en pergamino
mucho tiempo después de que el pergamino fuese
usado masivamente. Bula del papa Formoso (s. IX)
Museu de la Catedral de Girona.
Ilustración del Beatus de la Catedral de Girona, un códice
escrito sobre pergamino en el s. X.
Museu de la Catedral de Girona.






El uso del pergamino se extenderá en Occidente a partir del s. IV. Las órdenes monásticas, especialmente la orden benedictina dispondrán de scriptoria destinados a copiar y a ilustrar libros, difundiéndolos y creando bibliotecas monásticas de todo tipo de saberes. Hacia el siglo XIII los libros salen de los monasterios. Primero se realizan primorosas obras muy ilustradas para los grandes señores y posteriormente pasaron a escuelas y universidades. Sin embargo, a pesar del auge del pergamino, el uso del papiro no desaparecerá totalmente. Algunos documentos importantes, como las bulas papales seguirán usando este soporte vegetal hasta bien entrado el s. XI. 

El descubrimiento de la imprenta de Gutemberg a finales del s. XV y el uso del papel (que ya había sido descubierto en China el el s. II d.C. y que se había introducido en Occidente a principios del s. XV, supuso el declive del hábito de escribir sobre piel animal. 


Breve Historia del Libro: 







lunes, 28 de diciembre de 2015

Blanquear la ropa con orina: Pecunia non olet



 
En las fullonicae (lavanderías), la ropa sucia era depositada en grandes tinas, con una mezcla de agua orina y arcilla. Los esclavos (algunos de ellos niños, como puede verse) chapoteaban la ropa y la mezcla detergente durante horas. 



 Fullonica de Stephanus
(s. I d.C)

Pompeya



En una entrada anterior nos referíamos a como se organizaban las letrinas públicas en el Imperio Romano y aludíamos a la reutilización industrial de la orina. 

En efecto, la orina era reaprovechada por las fullonicae (lavanderías), por su alto contenido en amoníaco, de efecto blanqueador, desengrasante y fijador del color. Estas industrias compraban la orina, que se recogía aparte en las letrinas públicas y también en algunas grandes mansiones. En ausencia de detergentes y lejías para blanquear la ropa se recurría a las cenizas y la orina para tratar las nobles togas de lana, que tan habituales eran (recordemos que Augusto se refería a Roma como el pueblo de los ciudadanos togados). 

La ropa sucia se introducía en grandes tinas junto con agua, orina y a veces cenizas. Los trabajadores (jóvenes esclavos del dueño de la industria) se introducían dentro de las tinas y pisaban la ropa, agitando la mezcla durante bastante tiempo (algo parecido a lo que hacen hoy las modernas lavadoras). la ropa tratada así era luego secada al sol y alcanzaba un grado de blanqueo aceptable. Otro uso industrial de la orina era el curtido del cuero. 




Busto del emperador Vespasiano
(British Museum)
Busto del emperador Tito
(British Museum)






















Según refiere el historiador Suetonio, cuando el emperador Vespasiano (69-79 d.C) intentó gravar el comercio de orina  con un impuesto especial (por el uso industrial que se hacía de ella) su hijo, Tito (que después sucedería a su padre en el trono) le recriminó sacar dinero de algo tan vil como el comercio de orina. Vespasiano, entonces, cogió un puñado de monedas recaudadas con el nuevo impuesto y se lo acercó a la nariz: 

- ¿Te molesta su olor? (Scitans num odore offenderetur) le dijo, sarcástico, Vespasiano.

- No, contestó Tito, azarado. 

- Y sin embargo, procede de la orina (Atqui est Lotio est). El dinero no huele (Pecunia non olet), concluyó el emperador.

Hoy la última frase de VespasianoPecunia non olet, se sigue citando cínicamente para subrayar que el dinero es dinero, independientemente de donde se obtenga. Y todavía hoy, en algunos países, como Francia, Italia y Rumania, a los retretes públicos se les denomina, expresivamente vespasianos, en recuerdo de este poco escrupuloso emperador de la dinastía flavia. 



La ropa se tendía al sol tras lavarla  para completar el proceso de blanqueado.
Fullonica de Stephanus (Pompeya)







Tabernae fullonica o tintorería:




domingo, 27 de diciembre de 2015

Las letrinas en la Antigua Roma








 Letrinas públicas romanas
(s. I d.C)

Ostia Antica, Roma. 



Muchas veces la arqueología nos revela vestigios de sacros templos, de venerables foros, de augustos palacios o de espectaculares anfiteatros o teatros. Edificios nobles sin duda, en donde se desarrollaban hechos muy importantes. Pero, ¿que idea tendrían de nuestra civilización los arqueólogos del s. XXVIII si de nuestro tiempo sólo se salvara el estadio de fútbol del Barça, la torre Eiffel, la Basílica de San Pedro, la Torre de Londres o la Puerta de Brandemburgo? Ciertamente, unas ruinas preciosas, escenarios de hechos históricos innegables. Lugares míticos donde la historia se ha escrito con mayúsculas.

Pero, ¿que sabrían estos arqueólogos de nosotros? Tal vez de vez en cuando, descubrieran un cementerio, una necrópolis, y excavando tumbas, encontrarían implantes dentarios, clavos femorales y algunas docenas de bolsas de silicona que - probablemente - suscitarían hipótesis variadas sobre su significado y vivos debates en los Congresos de Arqueología. 

Pero si nuestros queridos arqueólogos del futuro quisieran saber cómo era la vida real de los ciudadanos del s. XXI, deberían investigar los mercados, las calles, las tiendas, las tabernas, los burdeles o los cines. Investigar cómo trabajamos, que comemos, que bebemos, como amamos, como nos divertimos y como enfermamos. Como es hoy nuestro paisaje, ciertamente muy diferente del paisaje del de hace XX siglos y muy diferente a cómo será dentro de 1000 años. En definitiva, como es nuestra vida cotidiana, un sistema que a nosotros nos parece lógico y que lo dejará de ser en cuanto unas cuantas guerras importantes, algunas epidemias y un puñado de inventos tecnológicos modifiquen para siempre el mundo, hasta el punto de que la información de nuestros actos cotidianos produzca las sonrisas entre misericordes y condescendientes de las generaciones del porvenir, de nuestros  lejanos sucesores. 

Y uno de los actos de la vida cotidiana - o de la vida a secas, si queréis - es la defecación. No quisiera parecer grosero en tocar un tema que el buen gusto suele obviar y que se considera de buen tono no comentar. Pero es una actividad real, necesaria, universal y cotidiana. Y que requiere una cuidadosa higiene. 

Letrinas, Ostia Antica.
Los romanos solían disponer para esta finalidad de establecimientos de letrinas públicas en diversos puntos de las ciudades. 

Eran siempre, o casi siempre, letrinas comunitarias, sin 
separaciones individuales de ningún tipo. 

Cualquier aficionado a la arqueología ha encontrado algunos de estos vestigios entre las ruinas romanas, en unas termas, cerca de un lupanar (burdel), de un macellum (mercado) o de una calle repleta de tabernae (tiendas), o de termopolium (bares). Yo recuerdo haberlos encontrado en Roma, Pompeya, Ostia y Oplontis (Italia), en Éfeso (Turquía), en Leptis Magna o Sabratha (Libia), o Bath (Inglaterra). hace algunos años  se descubrieron también unas letrinas en las ruinas de Empúries. 

La disposición de estos retretes era siempre similar. Un banco corrido, de mármol o de piedra, provisto de orificios, uno al lado de otro, porque los romanos no consideraban importante la privacidad es estos menesteres, cosa que a nosotros nos parece esencial. Muchas veces, la instalación, bastante amplia estaba dispuesta en forma de cuadrilátero o de tres cuartos de cuadrilátero.

Los romanos iban al excusado juntos, se sentaban uno al lado del otro y allí se establecían animadas conversaciones, bromas y chistes, o hablar de negocios,  sin el más mínimo pudor. Una de las actividades que allí se realizaban - algo que ahora nos puede asombrar e incluso escandalizar - era precisamente la de invitarse a comer.  

El estudio de los grafittis de los lavabos públicos (una actividad que creemos fruto del vandalismo moderno y que lleva siglos practicándose) nos proporciona mucha información. Como ahora, hay muchas inscripciones procaces y pornográficas, testimonios de citas amorosas o indicaciones de burdeles próximos. También muchas inscripciones burlescas sobre Fulano o Mengano y sus vicios y bajezas. Y proclamas políticas, sobre elecciones, corruptelas y abusos de autoridad. Y muchos otros son justamente, invitaciones a fiestas o a banquetes "Acaba  de venir Lucio, que se sentó a mi lado y me invitó a cenar". Cuanto menos, sorprendente.  


Matulae, recipientes para recoger la orina, con destino a las fullonicae
Debajo de los bancos corridos, pasaba un canal de agua corriente que eliminaba los excrementos, y los conducía a las cloacas de desagüe de la ciudad, evitando además los efluvios malolientes del recinto. Hay que decir que el  sistema de cloacas romanas era bastante perfecto y una de sus innovaciones es que las conducciones de agua limpia siempre estaban a un nivel más alto que las de aguas residuales. Así, en caso de filtraciones, era el agua limpia la que pasaba al agua sucia y nunca al revés. En Roma, la Cloaca Maxima, que ya se había trazado en tiempos de la monarquía, pero fue considerablemente ampliada bajo Augusto tenía tal capacidad, que en algunos puntos alcanzaba más de 3 m. de altura (bajo la actual Via Cavour) 


Además de los residuos sólidos, también se eliminaba así la orina,  claro. Aunque también solía haber un gran recipiente para recoger la orina (matula) ya que la orina era reaprovechada - y a veces comprada a buen precio - por las fullonicae (lavanderías), por su alto contenido en amoníaco, de efecto blanqueador, desengrasante y fijador del color. 


Esquema de letrinas públicas (Tomado de ArqueoHistoria) 
Pero volvamos a las letrinas públicas. Además del agua corriente que pasaba por el canal de debajo del banco corrido donde se sentaban los usuarios, había otro, más pequeño, que pasaba por delante del bancal, siempre con agua limpia que fluía constantemente. En este canal se sumergían unos palos con esponjas marinas asidas a la punta y con las esponjas empapadas se aseaban la zona perianal, cuando acababan el servicio. Un precedente de nuestro papel higiénico. Naturalmente, las esponjas eran comunitarias, no individuales. A lo máximo habría cuatro o cinco de estos artilugios. 


Lavatrina, depósito de agua en las letrinas del servicio del palacio
de la emperatriz Popea. Oplontis. 
Aunque no siempre, a veces había un depósito cuadrado de agua que solía abastecer a las conducciones citadas. Allí también se podían lavar las manos (o los pies, si era necesario, u otras partes). Eran conocidos como lavatrinas. Recuerdo haber visto depósitos de este tipo en las letrinas de algunas termas y en las letrinas del servicio del palacio de la emperatriz Popea, la mujer de Nerón, en Oplontis (Campania).

Curiosas, estas historias de la vida cotidiana, ¿verdad?. Y sin embargo, muy importantes para comprender cuáles eran las condiciones de vida de nuestros ancestros. 



Letrinas públicas y agua en Roma: 





jueves, 24 de diciembre de 2015

¡ Feliz Navidad !


Natividad. Frontal del Altar de Avià. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona




¡ Feliz Navidad a todos
los seguidores de este blog!








Epifania. Frontal del Altar de Avià. Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona

miércoles, 23 de diciembre de 2015

La prima Carmen





Vincenzo Migliaro

Carmen
(1885)

Óleo sobre lienzo. 50 x 38 cm 
Museo di Capodimonte. Nápoles.




Durante una de mis visitas al museo de Capodimonte, en Nápoles, me encontré con este cuadro de Migliaro, mostrando el retrato de una mujer napolitana, de claros rasgos meridionales, que llamó poderosamente mi atención. 

Vincenzo Migliaro (1858-1938) fue un pintor, grabador y escultor italiano, de la escuela napolitana. Tras completar sus estudios en París, obtuvo varios premios en diversas exposiciones de Turín (1880, 1884, 1898) y Barcelona (1911). 


En su pintura, reprodujo escenas y rincones de Nápoles, el paisaje urbano de su entorno inmediato, pero sobre todo se dedicó mucho a los retratos femeninos. Sus modelos preferidos fueron las mujeres de su familia: sus hermanas Adalgisa y Clementina, su prima Carmen, la camarera Anna Scognamiglio, más conocida como Nannina, con quien contraerá matrimonio en 1911 y sus sobrinas Margherita y Lucia. A todas ellas las retrataba en posturas espontáneas, pero logrando subrayar su dignidad y feminidad. 



Migliaro también realizó algunos desnudos, en los que se nota la influencia del pintor catalán Mariano Fortuny (La japonesa, La odalisca, Mujer exótica...

En el cuadro, Migliaro representa a su prima Carmen en la que confluyen todos los tópicos posibles de la mujer sureña: pelo negro, piel muy morena, cejas muy pobladas y un manifiesto bozo supralabial que puede interpretarse como un hirsutismo de base hormonal. 




Vincenzo Migliaro: 







martes, 22 de diciembre de 2015

Enfermar trabajando




Monumento a Bernardino Ramazzini en Carpi, su ciudad natal








Monumento a Bernardino Ramazzini

Escultura en bronce
Carpi (prov. Módena, Italia) 





Bernardino Ramazzini (1633-1714) fue un médico italiano, que se considera el creador del concepto de enfermedades profesionales y fundador de la Medicina del Trabajo y de la Higiene industrial.  

Bernardino Ramazzini. New York Academy of Medicine 
Ramazzini nació en Carpi, provincia de Módena, el mismo año en que Galileo se retractaba oficialmente ante la Inquisición mientras exclamaba su famoso "Eppur si muove", convencido del movimiento de la Tierra. 

Tras estudiar Filosofía y Medicina en Parma, Ramazzini fue a formarse más tarde a Roma. Entre sus profesores figuraban maestros de la talla de Malpighi y Morgagni


En 1671 volvió a Módena donde fue ayudante de Antonio Ferrarini, médico personal de Francesco II d'Este. En 1682, fue contratado como profesor de la Universidad de Módena. En 1700 fue contratado como segundo profesor de "Práctica médica" de la Universidad de Padua. 

Su obra más conocida, De Morbis Artificium Diatriba se publicó en 1700 y constituye el primer estudio de las enfermedades relacionadas con los distintos oficios. En el prefacio de su obra, Ramazzini insistía en la conveniencia de una adecuada historia clínica, rompiendo el concepto humoral hipocrático: 

"El divino Hipócrates nos dice que cuando un médico visita a un paciente, debe preguntarle entre otras cosas: ¿qué dificultad tenéis? ¿qué alimentos tomáis? y yo añadiría una tercera pregunta: ¿qué trabajo realizáis?"

Bernardino Ramazzini se interesaba por las actividades que desempeñaba cada trabajador, y visitaba sus lugares de trabajo para observar los procedimientos y técnicas que se empleaban y las sustancias con las que contactaban habitualmente para completar sus entrevistas, intentando esclarecer si había alguna relación con el mecanismo causante de la enfermedad. Elaboró así una detallada lista de posibles actividades que pudieran causar enfermedad. Su  libro alertó sobre los peligros para la salud de ciertos productos químicos, polvo, metales, posturas o movimientos repetitivos poco adecuados, detectados en 52 oficios anteriores a la Revolución Industrial. En la segunda edición del libro (1713) se incorporaron algunas ampliaciones. 



Placa en homenaje a Bernardino Ramazzini.
Università degli Studi. Padua.

La obra de Ramazzini es de vital importancia no sólo médica, sino también histórica y social, ya que nos lega un importante testimonio de las condiciones laborales de su tiempo. En ella se investigan las causas y patogenia de las enfermedades en relación con diversas ocupaciones, destacando las señales cutáneas o estigmas que dejan los distintos trabajos. Ramazzini describió minuciosamente la mayoría de enfermedades ocupacionales (trabajadores del cobre y de otros metales, de fábricas de botones, de factorías de sal, yeseros, carniceros, operarios textiles, zapateros, sastres, marinos, escultores, albañiles, entre otros muchos). Es curioso que Ramazzini, citando a Juvenal, incluyera en su lista a los sacerdotes, propensos a presentar varices en las piernas por permanecer largo tiempo de pie en los largos rituales. También señaló la contagiosidad de muchas enfermedades cutáneas y llamó la atención sobre el peligro de contagio de sífilis que representaban las nodrizas a través de la lactancia. 

Ramazzini es considerado el padre indiscutible de la Dermatología Laboral. A partir de sus trabajos se suscitó un especial interés en este campo. Tras algunas aportaciones posteriores como las de Percival Potts (cáncer de escroto en deshollinadores), o la de Rayer (ántrax en los trabajadores de crines), y otros, la extraordinaria importancia de las dermatosis profesionales fue reconocida definitivamente tanto por la escuela vienesa de Hebra y Kaposi como por la escuela francesa de Saint Louis (Alibert, Biett, Cazenave, Bazin, Hardy...). 


Bibliografía: 

Ramazzini B. De Morbis Artificium Diatriba - Tratado de las enfermedades de los Trabajadores (Traducción comentada)



Altschuler, EL (2005). «Ramazzini and writer's cramp». The Lancet 365 (9463): 938. doi:10.1016/S0140-6736(05)71080-1. PMID 15766994.


Franco, G (1999). «Ramazzini and workers' health». Lancet 354 (9181): 858–61. doi:10.1016/S0140-6736(99)80042-7. PMID 10485743.


Marin, V Terribile Wiel; Bellinati C, Panetto M, Zanchin G (2003). «Bernardino Ramazzini lies in Padua». The Lancet 362 (9396): 1680. doi:10.1016/S0140-6736(03)14817-9. PMID 14630462.


Pope, Malcolm H (octubre de 2004). «Bernardino Ramazzini: the father of occupational medicine». Spine 29 (20): 2335–8. doi:10.1097/01.brs.0000142437.70429.a8. PMID 15480150.


Reverte Coma JM, Moya Pueyo V. (1979) La vida y la obra de Bernardino Ramazzini. Creador del trabajo y la higiene industrial. Universidad Complutense. Madrid, 1979. 


Zanchin, Giorgio; Capitanio Mariatonia, Panetto Monica, Visentin Guido, Marin Vito Terrbile Wiel (junio de 2005). «Bernardino Ramazzini rests in Padua». Vesalius : acta internationales historiae medicinae 11 (1): 15–20. PMID 16208850.