viernes, 5 de junio de 2015

La rosácea del bebedor de cerveza

Manet: Le bon bock






Édouard Manet

El buen bock 
(1873)

Óleo sobre lienzo.  (94.6 x 83.3 cm)
Philadelphia Museum of Art




Édouard Manet (1832-1883) fue un pintor francés que influyó notablemente en los pintores del primer impresionismo. Tras copiar numerosos cuadros en los Museos del Louvre y en del Prado, realizó algunos viajes por Italia para captar las enseñanzas de los maestros clásicos. 

En 1872 Édouard Manet viajó a Holanda, país del que era originaria su esposa y en este viaje reafirmó todavía más la admiración que ya sentía por los pintores holandeses del s. XVII. Un año más tarde presentó en el Salón de París esta pintura que representa a un hombre de aspecto tranquilo y bonachón bebiendo su bock, una cerveza de primavera, mientras fuma su pipa, y en la que se ve fácilmente la influencia de la escuela holandesa, especialmente del Alegre bebedor de Frans Hals. La pintura fue muy bien recibida en el Salon, donde la influencia de los maestros clásicos era muy valorada. Fue la primera vez que Manet tuvo una buena acogida de público y crítica. 

El personaje representado era Émile Bellot, litógrafo y grabador, cliente habitual del café Guerbois. El hombre presenta una clara rubicundez facial que se reparte sobre todo por mejillas y nariz. En menor grado afecta también a la zona interciliar. Es fácil presumir una rosácea, tal vez acentuada por la ingesta de la bebida alcohólica.  



jueves, 4 de junio de 2015

¿Una parálisis facial en el Pirineo?

Una cara deformada lateralmente en la tribuna de Serrabona. ¿Inspirada en una parálisis facial?



Capiteles románicos 
(s. XI )

Mármol rosado esculpido
Priorato de Serrabona (Vallespir, Catalunya Nord)  




Me gusta mucho el arte románico. Supongo que es bastante lógico: en mi ciudad natal, Girona, el románico abunda y puede decirse, literalmente, que desde niño he jugado entre venerables piedras de este estilo. Más tarde, he visitado muchos lugares míticos del románico, a lo largo del Camino de Santiago. Conservo en mi mente recuerdos imborrables de tantos lugares que me han impresionado. 


La galería porticada se abre al exhuberante paisaje pirenaico

Uno de mis lugares preferido es sin duda una iglesia casi perdida en las montañas del Pirineo, y que muchos desconocen: el Priorato de Serrabona. De entrada he de decir que es una iglesia de difícil acceso. Se llega a ella por una tortuosa y estrecha carretera que serpentea por entre bosques de encinas y alcornoques, hierbas aromáticas, madroños y retamas, encaramándose al risco en medio de un bellísimo paisaje. Pero el viaje merece la pena: al final se llega al Serrabona, una austera iglesia de esquisto oscuro y techo de losas de pizarra, como es habitual en los Pirineos. 

Grifos, en los capiteles de la tribuna


Pareja de leones, en los capiteles de la galería


Cabeza de felino


Al penetrar en el recinto, sorprende una galería porticada, de mármol rosa, llena de motivos vegetales y animales en actitudes amenazadoras. La galería se abre a una profunda vaguada, exhuberante de vegetación. Los canónigos agustinos que habitaban el priorato paseaban y rezaban en esta galería abierta, que sustituía al claustro. Seguro que ante tal panorama, sus oraciones apreciaban más y mejor la obra del creador.  

Parte posterior de la tribuna de mármol rosado del Conflent, en la iglesia de Serrabona. 

Al entrar en la iglesia, encontramos un ábside y dos absidiolas, la disposición  habitual de las iglesias románicas. Pero la sorpresa es mayúscula al descubrir una tribuna, totalmente ejecutada en mármol rosado del Conflent, con columnas y arcos de crucería en el lado contrario al presbiterio. 



Tetramorfos: Símbolos de S. Marcos y S. Juan
S. Miguel hiriendo al dragón con la lanza
















Deambular por el recinto de columnas es fascinante. El bello color de la piedra destaca la riquísima simbología: animales como leones, grifos o águilas, nos advierten del peligro de los pecados, que actúan como auténticos devoradores de la raza humana. En uno de los capiteles, el arcángel Miguel lancea al dragón, rodeado de sus fieles serafines. En la parte posterior, el Agnus Dei y el tetramorfos, los símbolos de los evangelistas, bajo una fina orla de motivos vegetales, verdadero encaje de piedra. Una maravilla.

En medio de tan abigarrado complejo de símbolos, hallamos dos caras humanas claramente deformadas. La boca se lateraliza de forma exagerada, contrayéndose en una mueca grotesca. ¿Qué interpretación podría tener?  Aunque como siempre, nuestras elucubraciones deben ser apuntadas como una hipótesis y deben mantenerse en el terreno de la duda, se nos antoja que podrían representar una parálisis facial o tal vez un ictus. Una enfermedad que acaece súbitamente, deformando la cara y que es fácil atribuír su causa a un castigo por el pecado, de acuerdo a la concepción medieval.  En catalán el ictus es llamado popularmente feridura (heridura). Un nombre descriptivo, sobre todo bajo la concepción medieval de la enfermedad como castigo al pecado: el pecador herido de forma fulminante por la divinidad. Si tal fuera su significado, no es de extrañar que acompañen a símbolos clásicos del pecado como monstruosos grifos o a leones, muchos de ellos en trance de devorar a sus presas, del mismo modo que el pecado devora al pecador. 


Otra cara deformada en los capiteles de la tribuna 

Tal interpretación es, pues, una mera hipótesis, pero en cualquier caso, la tribuna de mármol rosado de Serrabona y su riquísimo simbolismo merece siempre una visita. 

Salí de Serrabona reconfortado. Lloviznaba y una ligera neblina envolvía la iglesia. Delante de ella, el jardín de plantas aromáticas y medicinales (tomillo, romero, salvia...) exhalaba su fresco perfume, como una despedida. Volveré pronto, Serrabona, volveré...


Priouré de Serrabone. Sanctuaire sauvage des Aspres: 



miércoles, 3 de junio de 2015

El museo de cera del Hospital Saint-Louis de París

Perspectiva del recinto del museo






















Museo de cera 
(s. XIX - XX)

Ceroplastia
Biblioteca Henri Feulard
Hospital de Saint-Louis, París  




Cada vez que entro en la amplia sala del Museo de Cera del Hospital de Saint-Louis de París, experimento una viva emoción. No sólo porque es un lugar de referencia mundial para cualquier dermatólogo, sino por algunas experiencias personales que he vivido allí. 

Recuerdo por ejemplo, las primeras veces que visité, reverente e impresionado, el museo, siendo todavía un joven licenciado en Medicina. Paseaba mi vista por entre los moldeados de cera, algunos representando enfermedades terribles, ya inexistentes en la actualidad, que abarrotaban las viejas vitrinas. Recuerdo también la ceremonia de despedida cuando se jubiló el Prof. Robert Degos, el último gran patriarca de la Dermatología Francesa, y la entrega de la medalla conmemorativa. 

Y recuerdo, ¡cómo no! las dos o tres veces que he tenido el honor de pronunciar algunas conferencias en esta vasta sala, ante un público internacional, hablando de la Historia de la Dermatología en España. Recuerdos imborrables, imperecederos.

El museo del Hospital de Saint-Louis es el museo de cera dermatológico por excelencia, paradigma y ejemplo de los demás. Su memoria está indisolublemente ligada a la de la escuela francesa del siglo XIX y a la propia historia de la Dermatología.


El Hospital de Saint Louis, es en efecto, uno de los principales marcos en los que se desarrolló la especialidad. A él llegó Jean Louis Alibert (1768-1837), a principios del siglo XIX (1801), y fue allí donde realizó su clasificación de las enfermedades de la piel. Tras el impulso inicial dado por Alibert, el hospital se convirtió en un centro de referencia de la patología dermatológica. Numerosos personajes de la naciente especialidad dejaron su impronta en este hospital, entre los que podemos recordar a  Biett (1781-1840),  Gibert (1797-1866), Devergie (1798-1879) y algo más tarde Bazin (1807-1878). También fue Saint Louis el marco donde se desarrollaron los importantes descubrimientos micológicos realizados por Gruby.


En el último tercio del siglo XIX una nueva generación de dermatólogos llegó a Saint Louis, entre ellos Ch. Laillier (1822-1893), fundador de la escuela para niños tiñosos colindante con el hospital y del museo-biblioteca que nos ocupa.


La introducción de museos y bibliotecas como elemento de formación médica era una tendencia marcada en aquellos años y frecuentemente producto de una labor individual.  En el Hospital de Saint Louis, Alphonse Devergie tuvo la idea de crear un museo agrupando algunas acuarelas y dibujos de enfermedades cutáneas, lo que constituyó el primer germen de la colección. Más tarde se consiguió una subvención de fondos de la Asistencia Pública con los que se pudo cubrir la financiación del naciente museo.

Algunos moldeados adjuntan un comentario
o la historia clínica del paciente representado. 
Charles Laillier, médico del hospital, encontró en el pasaje Jouffroy a un artesano con especial habilidad para crear  frutas y flores de cera para la decoración. Se llamaba Jules Baretta (1833-1923), y Laillier le propuso trabajar para el hospital realizando moldeados de las enfermedades cutáneas. Baretta aceptó. Su primera obra en Saint Louis data de 1867. Pronto sorprendió por la gran calidad artística alcanzada, ya que conseguía reproducir la textura, la forma y el color de las lesiones dermatológicas. Coloreaba las estructuras por capas, consiguiendo un efecto de transparencia muy próximo a la realidad. Baretta nunca reveló su técnica secreta, que todavía hoy constituye un misterio y un motivo de admiración. Trabajó en solitario, sin aprendices ni ayudantes. Sin embargo, si bien su técnica no tuvo una continuación de escuela, otros ceroscultores se incorporaron con sus obras a la colección del museo de Saint Louis: Font, Niclet, Couvreur, Littré…

Fueron tantas la piezas que pronto se planteó un problema de espacio. El museo fue situado en diversas dependencias del hospital hasta que en 1884 se comenzó a construir el museo-biblioteca, que fue inaugurado oficialmente por Bourneville en el marco del I Congreso Internacional de Dermatología, cuyas sesiones se realizaron ya en el nuevo museo. Estaba formado por una doble galería de 162 vitrinas a la que se accedía por unas escaleras de madera. Para evitar toda confrontación entre escuelas se optó por clasificar los modelados por orden alfabético, un eclecticismo nosológico tal vez precursor del que veinte años después preconizaría Besnier.

La colección de modelados de cera de Saint Louis causó una gran admiración entre los asistentes al Congreso y muchos de ellos al regresar decidieron crear museos dermatológicos en sus respectivos países, siguiendo el modelo de París. Así, se crearon museos dermatológicos en toda Europa y América, entre los que destacan diversas colecciones en Alemania, Austria, Suiza, Bélgica, Italia, Rusia, Grecia y España, si bien no todas alcanzaron el mismo nivel artístico. Baretta produjo una gran cantidad de obras que enriquecieron considerablemente el museo, y pronto comenzó a realizar también modelados por encargo, que eran enviados por correo a clínicas y hospitales de Francia y de otros países.



Las vitrinas agrupan moldeados representando las diversas
localizaciones anatómicas afectadas por la enfermedad,
cada una debidamente etiquetada. 

Además de la colección general (3662 piezas), el museo de Saint Louis se amplió con otras obras de diferente procedencia:
  •      Colección Péan (615 moldeados), de tema quirúrgico, realizada también por Baretta por encargo del cirujano Jules Péan (1830-1898).
  •    Colección Parrot (88 moldeados), de tema pediátrico, realizados por el ceroscultor Jumelin a petición de Joseph Parrot (1829-1883).
  •   Colección Fournier (442 Moldeados), sobre sífilis, realizada en el hospital de la Lourcine por Jumelin y más tarde en Saint Louis por Baretta por encargo de Alfred Fournier.

La colección fue aumentando con ritmo variable hasta que en 1958, a petición de Robert Degos, se añadió el último modelado, realizado por Littré, que representaba una papulosis atrofiante maligna, enfermedad que había descrito pocos años antes el propio Degos.


Musée de moulages de l'Hôpital Saint-Louis de Paris: 



martes, 2 de junio de 2015

Enrique VIII: sífilis versus genética (y 2)




Hans Holbein El Joven

Enrique VIII 
(1537 circa)

Óleo sobre lienzo. 
Museo Thysen-Bornemisza, Madrid 



Como hemos visto en un post anterior, los continuos abortos de las mujeres de Enrique VIIl (1491 -1547) y algunas patologías de los hijos que sobrevivieron fueron atribuídos a la sífilis que supuestamente padecía el rey. Sin embargo, los datos clínicos para atribuírle esta enfermedad no parecen del todo concluyentes. Recientemente se ha propuesto otra patología que podría explicar esta circunstancia: el síndrome de McLeod. 


Enrique VIII (1531)
El síndrome de McLeod (o fenómeno de McLeod) es una alteración genética que puede llegar a afectar la sangre, el cerebro, el sistema nervioso periférico, músculo y corazón. Está causado por una mutación de herencia recesiva en el gen XK del cromosoma X. El gen es el responsable de la producción de una proteína específica (antígeno Kell) de la superficie de los hematíes. Los pacientes suelen comenzar a presentar síntomas a partir de los 30-50 años, de forma lentamente progresiva (neuropatía periférica, miocardiopatía y anemia hemolítica). Además se suele observar corea, tics faciales, demencia y alteraciones en el comportamiento (transtornos de personalidad, ansiedad, depresión, transtornos obsesivo-compulsivos,  bipolares o esquizo-afectivos). Las mujeres suelen ser portadoras y no desarrollan la afectación neurológica de la enfermedad. 

En una investigación realizada en diciembre de 2010, Withley y Kramer analizaron el patrón de nacimientos y abortos de la descendencia de Enrique VIII, así como su deterioro mental a partir de los 30 años, llegando a la conclusión de que era muy probable que el monarca padeciera el síndrome de McLeod. Esta enfermedad hacía inviable que tuviera hijos varones que tanto deseaba y en general dificultaba enormemente que tuviera hijos sanos.  En un primer embarazo, un hombre Kell + y una mujer Kell - pueden tener un hijo positivo sano (podría haber sido el caso del primer hijo de Enrique VIII y Catalina de Aragón). Pero en los siguientes embarazos los anticuerpos anti-Kell producidos por la madre en respuesta inmune ante la exposición del antígeno Kell en el primer embarazo pueden atravesar la placenta y atacar al feto, provocando un aborto (así habría sido en los posteriores embarazos de Catalina de Aragón). Algo parecido a las incompatibilidades de Rh. 


Catalina de Aragón, la primera esposa de Enrique VIII
Ana Bolene, segunda esposa de Enrique VIII















Sólo cuatro de los hijos del rey sobrevivieron en la edad adulta: 

  • María Tudor (1516 - 1558), hija de Catalina de Aragón, que  sucedió en el trono de Inglaterra a su padre y fue conocida con el nombre de María I y que fue conocida como Bloody Mary por la sangrienta represión que caracterizó a su reinado. 
  • Enrique Fitzroy (1519-1536) duque de Richmond, hijo ilegítimo concebido con una de sus amantes, Elizabeth Blount
  • Isabel I (1533 - 1603), hija de Ana Bolena, que reinó a la muerte de María Tudor
  • Eduardo VI (1537 - 1553), hijo de Jane Seymour, tercera esposa de Enrique VIII (fallecido a los 16 años) 

La característica común a todos ellos es que eran primogénitos (es decir fueron los primeros hijos de cada una de las mujeres con el rey). El resto de hijos nacieron muertos o fallecieron a las pocas semanas, como en el caso de Ana Bolena (dos abortos tras dar a luz a Isabel I). Esto iría a favor de la acción de los anticuerpos anti-Kell. 

Si a este dato añadimos el brusco cambio de carácter del monarca a partir de los 30 años y algunos fallos reproductivos previos en los descendientes de Jacquetta de Luxemburgo (tatarabuela de Enrique VIII) se puede presumir la existencia del síndrome de McLeod en el soberano inglés. 

¿Descarta esto plenamente que Enrique VIII hubiera padecido una sífilis? Ciertamente no, pero debilita los argumentos basados en la repetición de abortos en sus mujeres. 



Un poco de humor. 
Las mujeres de Enrique VIII 
(Money, money, money de ABBA): 









lunes, 1 de junio de 2015

Enrique VIII: sífilis versus genética (I)





Taller de Hans Holbein El Joven

Enrique VIII 

Óleo sobre lienzo. 
Walker Art Gallery, Liverpool 



Enrique VIIl (1491 -1547) fue Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda desde 1509. Fue el segundo monarca de la Casa Tudor y probablemente el rey que ejerció un poder más absoluto de todos los soberanos ingleses.  Entre los hechos más destacados de su reinado figuran la ruptura con la Iglesia Católica, la disolución de todos los monasterios de su reino y su proclamación como Jefe Supremo de la Iglesia Anglicana. También prohibió la sodomía, persiguió a las brujas y materializó la unión de Inglaterra con Gales.

Estuvo afectado por diversas enfermedades, entre las que destaca la gota, varices, malaria, viruela, osteomielitis del fémur, escorbuto y una obesidad que se agravó manifiestamente a finales de su vida. Si bien en los primeros años de su reinado Enrique VIII fue un rey bueno y amado por su pueblo, su carácter cambió bruscamente pasada la treintena. Tenía bruscos accesos de cólera, y un carácter depresivo que le hacía comportarse de un modo cruel y extraño. 


Cardenal Wolsey
Enrique VIII se casó seis veces y tuvo diversas amantes. Muchos de sus hijos, especialmente los que tuvo con Catalina de Aragón nacieron muertos o murieron al poco de nacer. Tal vez por esto corrió el rumor de que el rey se había contagiado de sífilis, una enfermedad que había aparecido de forma epidémica en Europa pocos años antes.  En una época en la que aún no quedaba claro el mecanismo de contagio de la sífilis, algunos decían que se la había contagiado el cardenal Wolsey "cuchicheándole en la oreja".

Si bien es seguro que este no fue el origen de la pretendida sífilis de Enrique VIII, podemos analizar los argumentos a favor y en contra de esta hipótesis, que no parece totalmente demostrada. 


El rey Enrique VIII, con corona y cetro
Por una parte, no sería raro que el monarca inglés se hubiera contagiado de lúes, ya que era una enfermedad que afectó a un gran número de personas de todas las clases sociales en el s. XVI, incluyendo a reyes, nobles, cardenales y papas. Como vemos, fue un rey muy promiscuo y activo sexualmente. Aparte de sus seis mujeres, mantuvo relaciones con un buen puñado de amantes y naturalmente esto aumenta considerablemente las posibilidades de contraer una enfermedad venérea. 


Por otra parte, Catalina de Aragón, su primera mujer tuvo con él un hijo varón que murió al poco tiempo de nacer y  por lo menos tres abortos más, muertos en el séptimo u octavo mes de embarazo. Ana Bolena tuvo a Isabel (que más tarde reinaría con el nombre de Isabel I), un aborto de seis meses y otro de tres meses y medio. También muchos hijos de Enrique con sus otras mujeres y con diversas amantes murieron. Podríamos pensar, ciertamente, que podrían ser casos de sífilis congénita, aunque hay que tener en cuenta la elevada mortalidad infantil de la época. Hasta que Semmelweiss introdujo la idea de que las comadronas debían lavarse las manos antes de atender al parto, muchos niños morían y muchas madres contraían fiebres puerperales. 

Su único hijo ilegítimo, Eduardo VI, hijo de su tercera esposa Jane Seymour murió en 1553 a los 16 años. Nunca fue un niño sano y la causa de su muerte no ha sido nunca bien esclarecida. Un año antes de morir enfermó de sarampión y viruela. Dos semanas antes de su fallecimiento sufrió una extraña enfermedad de la piel, con necrosis distal de los dedos y pérdida de las uñas. Según la hipótesis más extendida, fue envenenado, bien por conspiraciones políticas o por los efectos secundarios de las medicaciones que se le administraron.  

Su hija Isabel I presentaba problemas de visión, lo mismo que otra de sus hijas, María Tudor, casada con Felipe II de España. María también presentaba una sordera y una nariz ancha y chata, que desprendía siempre un intenso olor nauseabundo. 

Así pues aunque no puede asegurarse el diagnóstico de sífilis, hay signos indirectos acumulativos: 

  • su promiscuidad 
  • la historia obstétrica de sus reinas con abortos repetidos
  • la extraña muerte de su primogénito con lesiones cutáneas 
  • la nariz chata y maloliente, sordera y problemas visuales de Maria Tudor y aún los problemas oftálmicos de Isabel I que permiten plantear el posible diagnóstico de lúes congénita

También los accesos de cólera y crueldad que demostró Enrique VIII se han esgrimido como argumento para reforzar la idea de una afectación nerviosa de la sífilis. Aunque no son en absoluto específicos de esta enfermedad. 

Veamos ahora argumentos en contra. La atribución de la sífilis a Enrique VIII no aparece hasta casi cien años después de su muerte. Es impensable que si hubiera sido realmente sifilitico este hecho no hubiera sido aprovechado por sus enemigos politicos para desprestigiarle durante su vida.

Las úlceras que presentó en las piernas (y que tal vez pudieran interpretarse como gomas sifilíticos) se explican mejor por la presencia de varices y su alto grado de obesidad. También pueden relacionarse con la gota, enfermedad que le afectó gravemente. Muchas veces los tofos gotosos perforan la piel y dan salida a ulceraciones por donde pueden salir las concreciones de ácido úrico. 

La hipótesis más moderna sobre la enfermedad de Enrique VIII es que podría haber padecido un síndrome de McLeod, de lo que trataremos en un próximo próximo post.  


domingo, 31 de mayo de 2015

Protegerse del sol en la Antigüedad






Tanagra griega con manto y petaso 
(s. III d.n.e.)

Terracota
Museo Marès, Barcelona  



Tanagra (Τανάγρα) era una ciudad griega, a 20 Km al sudeste de Tebas, donde a partir de 1870 se encontraron un gran número de pequeñas figuras de terracota. Algunas  presentaban restos de policromía. Muchas de ellas eran probablemente ofrendadas en los santuarios, como presentes votivos o de acción de gracias.

Estas figurillas alcanzaron pronto una gran popularidad, hasta el punto que pasaron a designarse con el nombre de tanagras o tanagrinas


Tanagra representando a una mujer
con manto, abanico y petaso.
Altes Museum, Berlín. 

Las tanagras solían representar personajes de la vida cotidiana, por lo que nos proporcionan una gran información de la vida de los griegos entre el s. IV a.n.e y el III d.n.e. Sobre su indumentaria habitual, por ejemplo. Las figuras de los dioses griegos suelen estar desnudas. Es cierto que esto no es extensivo a las diosas (solamente Afrodita, la diosa del amor y del erotismo aparece total o parcialmente desnuda, las demás suelen ir vestidas), pero sus ropajes no suelen incluir mantos ni velos, como era habitual en las griegas de carne y hueso cuando iban por la calle en sus habituales menesteres. Las humanas - a diferencia de las diosas - necesitaban protegerse de las inclemencias del tiempo. 

Así conocemos las principales piezas de indumentaria griega. El chitón era una especie de blusa larga, sin mangas, recogida en la cintura por medio de un cinturón, que llegaba sin embargo a la rodilla y muy a menudo a los pies. El himatión era una larga capa formada de una sola pieza de tela que se envolvía al cuerpo. Los jóvenes llevaban de preferencia una especie de esclavina o capa corta sujeta al cuello, llamada clámide. Las mujeres siempre cubrían sus cabezas con un velo y solían envolverse con un manto


Edipo (con petaso en la cabeza) y la esfinge

Grecia es un país mediterráneo, con una gran exposición solar y que en verano suele alcanzar altas temperaturas. Por eso era habitual el uso de abanicos y también de un sombrero de fieltro y ala ancha, llamado petaso, que a veces se echaba para atrás hasta casi tocar la espalda. 


Hermes, tocado con el petaso alado y portando el caduceo.
Pergamonmuseum, Berlín. 

No es habitual representar a los dioses con petaso (ellos probablemente no tenían necesidad de protegerse del sol) con la única excepción de Hermes, el mensajero de los dioses (al que los romanos llamaron Mercurio). Entre los atributos de Hermes figuraba precisamente un petaso alado, que junto con las alas en sus pies y el caduceo con dos serpientes permite identificarlo con facilidad. Las alas símbolizan en este caso la rapidez con la que Hermes transmitía sus mensajes.


Figura funeraria, con la cara 
cubierta completamente por un velo. 
Museo de Cirene (Libia) 
Figura funeraria con la cabeza
cubierta por un velo.
Museo de Cirene (Libia). 


Pero está claro que los mortales usaban el petaso para protegerse del sol. Las mujeres, aunque también usaban el sombrero (como puede verse en la tanagra que preside este post) se valían también de velos y del extremo del manto que ponían sobre la cabeza. En algunas figuras funerarias, como las que pueden verse en el museo de Cirene (Libia), la cara queda casi totalmente cubierta por el velo. Aunque debemos interpretar este hecho como un simbolismo metafísico (el cuerpo después de la muerte se oculta, como la cara, pero permanece la presencia, el recuerdo), es probable que esta ocultación del rostro fuera practicada en la vida cotidiana como medida protectora. 


Ancient Greek Fashion: 







Este post ha sido premiado con el Premio LITARCIHIS a los mejores blogs de Literatura, Arte, Ciencia e Historia (Junio 2015)