viernes, 3 de junio de 2016

Anecdotario secreto de Ramón y Cajal (III): Hipnosis y espiritismo






 Eduardo Carretero

Escultura de Ramón y Cajal 
(1977)


Escultura de piedra. 240 x 200 x 340 cm
Hospital Universitario Ramón y Cajal. Madrid



En anteriores entradas hemos comentado algunas anécdotas de infancia y juventud de Ramón y Cajal. Continuamos ahora con otras de su vida adulta, concretamente de la época en la que Cajal estuvo ocupando la cátedra de Histología en la Universidad de Valencia (1884-1887)


Un hábil hipnotizador


Santiago Ramón y Cajal tenía un gran interés por la hipnosis. Incluso llegó a abrir un gabinete de hipnosis durante su estancia en Valencia. El Gabinete de Estudios Psicológicos de Cajal nació con vocación investigadora, para experimentar con personas que tenían enfermedades nerviosas como histerias, depresiones, etc.


Un día una paciente que no podía caminar acudió al Gabinete. Debía tener una parálisis de causa histérica o por lo menos de origen psiquiátrico. Tras ser hipnotizada por Cajal salió andando por su propio pie, con la lógica repercusión pública del éxito obtenido. 


Ramón y Cajal en el laboratorio de Histología de Valencia

La noticia de que en el Gabinete se curaban determinadas dolencias corrió de boca en boca y pronto se formaron  colas de pacientes ante la casa de Cajal. Tanto que falto de tiempo y capacidad para tratar a tanta gente, tuvo que cerrar la consulta. 


Pero lo que sí hizo Cajal fue aplicar la hipnosis como anestesia a su esposa Silveria Fananás durante el parto de sus dos últimos hijos Pilar y Luis. Y dejó constancia de ello en su artículo "Dolores del parto considerablemente atenuados por la sugestión hipnótica", publicado como separata de la "Gaceta Médica Catalana" en agosto de 1889. También propugnaba que los estados hipnóticos podían ser útiles para realizar sin anestesia ciertas intervenciones quirúrgicas. 

Hacia 1930 Cajal escribió un amplio tratado sobre la hipnosis, que desgraciadamente se ha perdido. 

Interesado en el espiritismo

El interés de Ramón y Cajal al por los poderes psíquicos y los fenómenos paranormales se fortaleció durante su estancia en Valencia entre 1884 y 1887. Tal vez esta etapa, que quizá es la más desconocida de su vida, fue necesaria para indagar el funcionalismo de la mente desde diversas perspectivas. El espiritismo llamaba mucho la atención a los científicos del último tercio del s. XIX, como al matrimonio Curie, por ejemplo. 


Cajal asistía regularmente a sesiones de espiritismo e investigó a diversos personajes que aseguraban mantener contactos con el más allá. Encontró algunos médium capaces de causar fenómenos que no pudo explicar. 

Cajal en Valencia
Aunque también desenmascaró a algunos farsantes, como una médium zaragozana que llegó a alojar en su casa. La médium transmitía según ella mensajes de alemanes famosos y afirmaba estar inspirada por el arcángel san Gabriel y contestar las preguntas a través del espíritu de su hermana monja, fallecida tiempo atrás y cuyo espíritu participaba en algunas de las sesiones, apareciéndose como un espectro. Pero Cajal se dió cuenta que el fantasma era en realidad la misma médium, que se disfrazaba y utilizaba unas prótesis de goma que se metía en las fosas nasales y en la boca para simular la voz de la difunta y así engañar a los asistentes. Aunque reconocía la existencia de fuerzas y energías que no podía explicar, la postura de Cajal fue, en general escéptica, como dejó dicho en su libro Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias (1920): 

“Yo confieso, un poco avergonzado, mi irreductible escepticismo. Y me fundo, aparte ciertas razones serias (comprobación de las supercherías de los médiums e imposibilidad de demostrar la identidad de los aparecidos), en los siguientes frívolos motivos: en ninguna de las invocaciones de ultratumba publicadas en libros y revistas espiritistas he encontrado una suegra duende turbando la felicidad de su yerno, ni un espectro de poeta chirle infernando, con bromas pesadas, la vida de sus críticos”

En Recuerdos de mi vida: Historia de mi labor científica (1905), nos dejó un comentario en el que aparte de escepticismo hace gala de su conocido sentido del humor:
“Bastaba que yo asistiera a una sesión de adivinación, de sugestión mental, de doble vista, comunicación con los espíritus, posesión demoniaca, etc., para que, a la luz de la más sencilla crítica, se disiparan cual humo todas las propiedades maravillosas de los médiums o de las histéricas zahoríes. Lo admirable de aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad de los asistentes“. 
En una sesión del claustro de la facultad de Medicina de Madrid, uno de los asistentes, el Dr. Gómez Ocaña, indicó que había asistido a varias sesiones de espiritismo y que a través de una médium, por cierto muy guapa, se le habían aparecido varias personas de su familia, por lo cual - y me refiero al contacto con los difuntos y no a la belleza de la médium - estuvo yendo a aquellas sesiones durante bastante tiempo. Cajal comentó a los claustrales con la mordacidad que le caracterizaba: 

«Lo malo es que a los médicos no nos conviene creer en  las apariciones: figúrense la que se armaría si se nos apareciesen todos los antiguos clientes».

Podemos tomar una frase de Cajal como resumen de su opinión de las sesiones con médiums a las que acudía:

«Lo admirable en aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad de los asistentes».



Bibliografía 

Ramón y Cajal S. Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias. Las tres sorores, 2007 ISBN: 9788496793026

Ramón y Cajal S. Recuerdos de mi vida: Historia de mi labor científica. Alianza Editorial, 1995. ISBN 9788420622903       http://cvc.cervantes.es/ciencia/cajal/cajal_recuerdos/recuerdos/labor_27.htm

Ramón y Cajal S. Dolores del parto considerablemente atenuados por la sugestión hipnótica. Gaceta Médica Catalana, 31 de agosto de 1889. http://cvc.cervantes.es/ciencia/cajal/cajal_articulos/parto.htm

jueves, 2 de junio de 2016

Anecdotario secreto de Ramón y Cajal (II): Militar y masón






 Izquierdo Vives

Retrato del capitán médico 
Dr. Santiago Ramón y Cajal 
(1874) 

Óleo sobre lienzo. 

Museo del Ejército. Toledo. 




El capitán Santiago Ramón y Cajal

Tras licenciarse en Medicina en la Facultad de Zaragoza, Cajal tuvo que cumplir el servicio militar, que acababa de ser declarado obligatorio por un decreto de la Primera República española (1873). Los primeros meses, como soldado, los pasó Cajal en Zaragoza. Al poco, se convocaron oposiciones al Cuerpo de Sanidad Militar.  Cajal las aprobó, obteniendo el número 6, entre 100 candidatos que se presentaron para 32 plazas. Ya como teniente, fue destinado al Regimiento de Burgos, acuartelado en Lleida, con la misión de defender los Llanos de Urgell en la Tercera Guerra Carlista. Para Ramón y Cajal, que entonces estaba sediento de aventuras, fue una desilusión no tener que intervenir en acción bélica alguna durante el tiempo que pasó en Catalunya. Por lo tanto, estuvo encantado cuando lo destinaron a Cuba, en plena Guerra de los Diez Años, lo que suponía el ascenso a capitán por prestar servicio en las provincias de ultramar. Santiago fue a Cuba muy contento, a pesar de la oposición de su padre, don Justo Ramón Casasús. Pero ante lo irremediable de la situación, don Justo consiguió algunas cartas de recomendación para su hijo, intentando que por lo menos tuviera en la isla el mejor destino posible. Como era preceptivo, para su  aclimatación, Santiago pasó el primer mes en La Habana, dedicado por entero a dos de sus muchas aficiones: la pintura y la fotografía. Le gustaba pintar y dibujar, desde niño. De hecho, esa era su gran vocación. A la fotografía se había aficionado durante sus últimos cursos en la Facultad de Medicina de Zaragoza. Ambas aficiones le serían muy útiles durante toda su vida, y en ambas llegó a ser un maestro. 

Tras aquel primer y plácido mes en La Habana, llegó la hora de recibir su destino definitivo en la isla. Cajal tenía sus propias ideas y odiaba que se le dieran privilegios inmerecidos, por lo que no había presentado las cartas de recomendación que le había conseguido su padre. Pero muchos de sus compañeros sí habían presentado las suyas. La consecuencia fue que obtuvo el peor destino posible, el Hospital de Campaña de "Vista Hermosa", situado en uno de los lugares más peligrosos de la isla, donde los soldados caían diezmados por el enemigo, pero -más aún- por las enfermedades endémicas. Más tarde pasó a la enfermería de San Isidro, en la "trocha del Este". En poco tiempo, se contagió de tuberculosis, paludismo y disentería. 

Todavía peor que la enfermedad fue su experiencia con el caos administrativo y militar. Se encontró con la incapacidad y la corrupción de ciertos gobernantes y mandos, desde el comandante del puesto hasta los cocineros y parte de la oficialidad del destacamento, que se quedaban con la comida y los recursos económicos destinados a los enfermos y heridos. 

A la vista de tan amargas experiencias, Cajal solicitó la licencia para abandonar Cuba. En 1875 regresó a España, todavía enfermo, diagnosticado de "caquexia palúdica grave" y declarado "inutilizado en campaña". Así acabó su corta carrera militar. Llegó a Santander convertido en una ruina humana que nada tenía que ver con el fornido atleta que era cuando partió para las Antillas. 


Cajal, masón 

En 1875 tras su regreso de Cuba entró como asistente en la Escuela de Anatomía de la Facultad de Medicina de  Zaragoza y algo más tarde es el director del Museo. Es en esta época que decide convertirse en masón. A primeros de febrero de 1877 ingresa en la Respetable Logia Caballeros de la Noche número 68, perteneciente a Grande Oriente Lusitano Unido. Tras el rito de iniciación en el que juró sus ideales, fue inscrito como el miembro número 96 de la orden.

Como es costumbre en la masonería, en su logia Santiago Ramón y Cajal no era conocido con su nombre, sino que adoptó como nombre simbólico el de Averroes, el famoso matemático y filósofo musulmán de El Andalus, que también escribió sobre anatomía y medicina. La elección de este nombre revela su incondicional admiración por esta figura. Para él, Averroes representaba su ideal filosófico. Sin embargo, poco nos ha llegado de la actividad del masón Averroes en esta logia. Incluso es posible que Cajal fuera un masón durmiente o inactivo, tal vez decepcionado por la burocracia masónica y la poca plasmación en la vida social de los ideales que representaban. Pero en todo caso, lo que nunca abandonó Cajal fue la visión que la masonería tenía del hombre en relación al mundo en el que vivía. Y Cajal, como muy pocos masones, se involucró con el progreso social y las libertades colectivas.


Bibliografía

Abreu Ugarte JE  (2009) "Camagüey: estancia de Santiago F. Ramón y Cajal", Archivo Médico de Camagüey. Revista electrónica 13/6, 2009, págs. 1-11:

Ferrer Benimeli, JA (1985). La Masonería en Aragón. Librería General. ISBN 84-7078-092-1.



miércoles, 1 de junio de 2016

Anecdotario secreto de Ramón y Cajal (I): Travesuras de infancia y culturismo






 Federico Madrazo

Retrato de Santiago Ramón y Cajal 
(1910) 

Óleo sobre lienzo. 

Ateneo de Madrid




De Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) se cuentan muchas anécdotas. Muchas de ellas me han llegado por tradición oral y otras aparecen citadas en algunas obras sobre el ilustre científico. Aportaremos aquí una breve recopilación.


Un niño travieso y un padre severo 

El padre de Ramón y Cajal, médico en el pueblo navarro de Petilla de Aragón era un hombre muy estricto y severo. Pero Santiago Ramón y Cajal y su hermano eran unos diablillos.  En una ocasión, sedientos de aventuras, hicieron novillos (faltaron a la escuela) y se escaparon durante tres días al monte, donde sobrevivieron a base de frutas y raíces.  Cuando su padre los encontró estaban durmiendo. El castigo fue implacable. Les cayó una buena zurra y los ató codo con codo para que todo el pueblo los viera. 

A los 14 años, Santiago construyó un cañón agujereando un trozo de viga. Consiguió dispararlo, pero con tan mala suerte que hizo un agujero en la puerta de un vecino. Por este motivo pasó tres días en el calabozo y, a petición de su padre, no recibió alimento durante esos tres días.

La afición de Santiago por el dibujo era manifiesta. Pero el arte, según su padre era una manera de perder el tiempo. Por eso Santiago pintaba siempre que podía en paredes y tapias y se fabricaba colores remojando el forro de los librillos de papel de fumar, o raspando la pintura de las paredes para disolverla luego. 


Ramón y Cajal, culturista

La mayoría de nosotros tenemos una imagen de un Ramón y Cajal ya en la cumbre de su éxito, como reconocido premio Nobel, calvo y con aspecto venerable. Pero nada tiene que ver esta imagen con la que tenía a los 18 años cuando fue un auténtico obsesionado por el "culturismo". A esta edad comenzó lo que él mismo denominaría más tarde "mis manías literaria, gimnástica y filosófica", que de alguna forma seguirían condicionando el resto de su vida.  

Ramón y Cajal, en su juventud, con la bien desarrollada 
musculatura obtenida tras duro entrenamiento en el gimnasio

Al parecer, todo comenzó cuando siendo estudiante, perdió al luchar al pulso (echar un pulso) con un amigo, llamado Morriones. Le preguntó como tenía tal fuerza, si era más bajo y delgado que él. Morriones le dijo que se entrenaba en un gimnasio y que practicaba esgrima. La "humillación de la derrota" como él decía, le decidió a apuntarse a un gimnasio. Le propuso a su entrenador - un tal Poblador - darle clases de anatomía de los músculos a cambio de entrenamiento físico.



Por lo visto, Santiago hizo grandes progresos en el gimnasio y le cogió una gran afición al culturismo fue tal. Sus músculos se desarrollaron tanto, que llegó a describirse a si mismo como:
“(…) ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de los 112 centímetros, y al andar mostraba esa inelegancia y contorneo rítmico característico de los forzudos o Hércules de Feria (…)”

Ni que decir tiene que Cajal en pocos meses, consiguió vencer la revancha de Morriones, y no sólo eso, sino que además llegó a ser el campeón más fuerte del gimnasio de Poblador. 

Como curiosidad, decir que había desarrollado tanto su musculatura que rompía constantemente el bastón de caña que solían llevar los jóvenes de su tiempo. Llegó a sustituírlo por una barra de hierro que pintó para camuflarla de las miradas de los demás. La barra en cuestión pesaba más de dieciséis libras ( unos 7'3 Kg) 


Un duelo por amor

La buena forma física que había obtenido en el gimnasio le llevó a algunas peleas. En una ocasión tuvo una pendencia con un contrincante amoroso, por pretender a la misma joven. 

La discusión acabó en un reto a una especie de duelo a puñetazos. Durante la lucha, Cajal atacó al contrario con la técnica del "abrazo del oso" apretándole con tal fuerza el tórax que le produjo una lipotimia. 

Cajal se asustó mucho, creyendo que lo había matado. Afortunadamente, el joven pudo recuperarse y el incidente se saldó sin consecuencias. 



Bibliografía

Gil-Loyzaga P. Ramón y Cajal y el deporte. International Journal of Sport Science Volumen VII - Año VII ISSN:1885-3137 No 26 - Octubre - 2011 http://www.cafyd.com/REVISTA/semblanza26.pdf

Ramón y Cajal fue culturista. https://www.facebook.com/notes/diario-de-un-fisicoculturista/ramon-y-cajal-fue-culturista/413060241067/

martes, 31 de mayo de 2016

Ramón y Cajal, Barcelona y la neurona.








 Joaquín Sorolla Bastida

Retrato de Santiago Ramón y Cajal 
(1906) 


Óleo sobre lienzo. 91 x 127,5 cm.

Museo Provincial de Zaragoza. 




El año 1888 fue descrito por Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) como "su año cumbre", ya que fue cuando hizo los descubrimientos capitales sobre las neuronas. El insigne médico había obtenido una plaza de profesor de Histología algunos años antes en 1882, ocupando la cátedra de la Universidad de Valencia. En 1887 llegó por traslado a la Universidad de Barcelona, en donde encontró los medios para montar un Laboratorio de Histología. 

Arriba: La casa de la calle Notariat, 7, donde Cajal descubrió la teoría de la neurona.
Abajo: Detalle de la placa conmemorativa que lo recuerda, puesta en el 50 aniversario
de la muerte del insigne investigador. 


Al llegar a Barcelona, Cajal se instaló en un modesto piso del Raval, el núm 7 de la calle Notariat, cerca de la que entonces era la Facultad de Medicina, que estaba situada en la calle del Carme. Así no perdía mucho tiempo en ir de la Facultad a su casa. En este domicilio instaló un pequeño laboratorio y allí, en los ratos libres que le dejaba su ocupación docente, realizaba preparaciones de tejidos y las estudiaba. Tres médicos jóvenes le ayudaban, por el sólo placer de hacerlo en sus investigaciones. Fue allí, en esta casa fue donde formuló su teoría de la neurona, que le valdría años más tarde el Premio Nobel. 


Ramón y Cajal, en la época en la que vivió en Barcelona y descubrió la neurona. 

                                                                                      Ramón y Cajal era muy aficionado a la fotografía. De hecho mantenía una prolífica correspondencia con otro médico investigador, el Dr. Ferrán i Clúa, que había descubierto una vacuna contra el cólera (tema que también había interesado mucho a Cajal, que vivió en Valencia la epidemia de cólera de 1885) y que también estaba muy interesado en las técnicas de revelado fotográfico. Tal afición no es del todo ajena al descubrimiento de la neurona, ya que, aplicando técnicas y reactivos fotográficos a la tinción de los tejidos del sistema nervioso, pudo realizar el descubrimiento de los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas de la materia gris del sistema nervioso cerebroespinal.

Preparación histológica de Ramón y Cajal.
Museo Vasco de la Medicina y de la Ciencia "Jose Luis Goti"
Facultad de Medicina y Odontología
Leioa (Bizkaia)


Hace años tuve la ocasión de observar al microscopio algunas de las preparaciones histológicas que realizó Cajal. Sorprende lo bien conservadas que están, después de tantos años. Cuando el Colegio de Médicos de Madrid estaba instalado en el antiguo Hospital de San Carlos (hoy Museo Reina Sofía), había un rincón, el Rincón de Cajal, donde se conservaban algunos efectos personales y unas cuantas preparaciones microscópicas del insigne investigador. 

Cajal también era un magnífico dibujante. Realizó dibujos  de lo que veía al microscopio que sorprenden por su minuciosidad y precisión. Algunos de estos dibujos ilustraron sus libros y publicaciones. Y es que como vemos, en la Medicina, Ciencia y Arte se entrelazan y enriquecen mutuamente. 





Detalle de la ilustración de la morfología neuronal del córtex (dibujo de Ramón y Cajal)




Santiago Ramón y Cajal, el descubridor de las neuronas: 


lunes, 30 de mayo de 2016

La surcada piel de los campesinos del Cristo de la sangre






 Ignacio Zuloaga

El Cristo de la Sangre 

Óleo sobre lienzo. 248 x 302 cm

Museo Reina Sofía. Madrid. 



Ignacio Zuloaga (1870-1945) es considerado el máximo representante de la escuela vasca en el cambio de siglo. Cultivó especialmente retratos y escenas costumbristas. Su pintura - muy influído por Ribera y por Goya - se caracteriza por el naturalismo, con un decidido dibujo y sus tonalidades oscuras y azuladas, por lo que se ha contrapuesto a otro pintor de su tiempo, Joaquín Sorolla, que pintaba con una bien conocida luminosidad. 

Zuloaga, aunque vasco, estuvo muy vinculado a las tierras de Castilla, especialmente a Segovia y a Ávila. Su pintura tenebrosa recogía elementos reales (rostros auténticos y el paisaje castellano) para aunarlos con elementos simbólicos y con ciertas dosis de religiosidad mística. El resultado es una pintura austera, algo adusta, que llega a ser casi trágica. 

Este es el caso de "El Cristo de la Sangre". Zuloaga encuadra la escena en un marco de paisaje castellano, en el que aparece al fondo la ciudad amurallada de Ávila. El pintor elige las  tonalidades oscuras y azuladas propias del crepúsculo, que aumentan el dramatismo del momento. La escena está presidida por un Cristo barroco, con la cara cubierta por la cabellera de mujer que solía ponerse en algunas de estas imágenes para aumentar su realismo. En el extremo izquierdo del cuadro, un enjuto clérigo como los que en la época abundaban en los pueblos castellanos, lee su breviario. El resto de la escena está compuesta por campesinos metidos a cofrades, que portan grandes cirios y aparecen en diversas actitudes devotas. El contraste viene dado por una figura casi central con una gran capa roja. Su cromatismo contrasta vivamente con los apagados colores del resto de la obra. Su color rojo capta enseguida la mirada del espectador, que rápidamente relaciona la sangre del Cristo con la destacada capa roja. 

Detalle de la cara de un campesino.
Las arrugas que surcan su rostro delatan una prolongada exposición solar


El conjunto es un retrato muy realista de la Castilla profunda. De este cuadro el filósofo Miguel de Unamuno dijo que todos los elementos están tomados de la realidad y que el papel del artista se limitó a saberlos combinar simbólicamente. Los rostros que retrata Zuloaga son personajes del mundo rural, que precisamente se caracterizan como campesinos por su piel. Una piel morena, expuesta al sol de tantas siegas, en la que podemos apreciar unas arrugas profundas en cara y cuello, debido a la elastosis solar. Las arrugas se convierten en profundos surcos en la nuca, donde Zuloaga pinta con precisión el llamado cutis romboidalis. Se llama cutis romboidalis a la formación de arrugas profundas y bien marcadas que dibujan una forma característica de rombo en  la zona de la nuca y que delatan de forma inequívoca la acción crónica de los rayos ultravioleta del sol. Es típico y característico de personas sobreexpuestas como campesinos, albañiles o marinos. 

Cutis romboidalis en la nuca de otro personaje.
El Cristo de la Sangre es quizá el mejor exponente del espíritu de la generación del 98, tomando un claro partido por el simbolismo. En él hallamos elementos folklóricos como definición del país, un país conservador y retrógrado donde todavía se celebran procesiones de flagelantes y donde persiste una religiosidad casi supersticiosa, que Zuloaga transmite con sus personajes que parecen salidos de una visión del Greco. Un país donde el clero (encarnado en el cura del pueblo, que mira de reojo la escena) todavía ejerce un importante poder sobre los campesinos. Los colores sombríos que elige Zuloaga no son casuales, sino también simbólicos: indican el crepúsculo de un país decadente y preso por su falta de apertura al mundo.  


domingo, 29 de mayo de 2016

La piel torturada (y VI): Máscaras infamantes





Máscara infamante

Instrumento de tortura. Hierro. 

Museo de los Instrumentos de Tortura. Toledo. 



En anteriores entradas hemos comentado algunos métodos de castigo que usaba la Inquisición y que tenían el común denominador de causar dolor bien por uso de instrumentos punzantes (1, 234) como el uso de fuego y cauterios (5). Según el tipo de "delito" del torturado (hereje, judío, blasfemo, adúltero...) se escogía uno u otro sistema. 

Hay que decir que los juicios se realizaban sin apenas pruebas y solía bastar la simple delación de alguien para la detención del acusado. 

Pero entre los variados delitos que castigaba la Inquisición encontramos uno, que llama poderosamente nuestra atención. Era simplemente el de las mujeres que hablaban en la iglesia (!!).

En una sociedad dominada por los hombres cualquier desavenencia femenina contra el poder masculino era considerada una ofensa contra el poder civil o eclesiástico.  La mejor manera de evitarlo era imponer un silencio total, bajo la máxima "Mulier taceat in ecclesia" (que la mujer calle en la iglesia). Una norma que evidencia el absoluto sometimiento de las mujeres en aquella represiva sociedad. 

Máscara infamante. Museo de los Instrumentos de Tortura. Toledo. 
En los casos en los que se transgredía esta norma las mujeres eran castigadas con la imposición de una máscara infamante de hierro, que representaba un perfil de burro, de cerdo  u otro animal, con una finalidad sarcástica y mordaz.  En algunos casos estas máscaras infamantes también podían ser impuestas a los blasfemos o perjuros. La connotación ofensiva que tenían las orejas de burro o de cerdo eran parte de la tortura psicológica ocasionada por estas máscaras. Las mujeres así castigadas eran obligadas a desfilar por las calles para su vergüenza y escarnio, y a permanecer en la picota en donde eran objeto de burlas y chanzas.

Evidentemente las máscaras estaban bien cerradas en la parte de la boca, como se puede suponer al ser un castigo por una falta oral. El roce continuo del metal (de bordes cortantes) sobre la piel producía erosiones y heridas dolorosas, añadiendo el dolor físico a la tortura psicológica. 

Pero eso no era todo. Muchas de las máscaras estaban dotadas de piezas bucales con pinchos que atravesaban la lengua para clavarse en el paladar, obligando a mantener la boca cerrada sin poder abrir la mandíbula. Muchas condenadas morían por inanición al no poder abrir la boca ni para alimentarse. A esto hay que añadir que también algunas de ellas morían o quedaban muy maltrechas por los golpes recibidos que se dirigían especialmente a senos y pubis si se trataba de mujeres. 

* * *

Con esta entrada terminamos la serie dedicada a los suplicios de la Inquisición en los que se causaba principalmente daños en la piel y mucosas. Un escalofriante y horrible recuerdo histórico. Deseo de todo corazón que la práctica de la tortura - que no fue únicamente usada por la Inquisición y que lamentablemente continúa vigente en la actualidad - se erradique totalmente de nuestro mundo. Cuando así sea, estaremos en condiciones de construir, sin duda, un mundo mejor, más fraternal y libre.