dijous, 7 de juliol de 2016

125.000 visitas al blog

Un dermatólogo en el museo
     
El blog "Un dermatólogo en el museo" ha alcanzado las 125.000 visitas. Las 25.000 últimas, en menos de 3 meses. Y alrededor de 500 entradas, cada una sobre temas diversos. 

Cerca de la mitad de los seguidores del blog proceden de la Península Ibérica, pero una cuarta parte de los lectores residen en los Estados Unidos. También hay, naturalmente, muchos lectores hispanoamericanos, por cuestión de afinidad de lengua, pero muchos proceden de otros países (Francia, Italia, Alemania, Rusia, Ucrania...) Desde aquí mi gratitud a todos. 

También agradezco la colaboración de quienes de forma desinteresada me envían por carta, mail, mensaje o a través de las redes sociales sugerencias, dudas, fotografías o comentarios. Muchos de ellos me sirven para publicar nuevas entradas o para ampliar algún tema. Gracias a todos. 

Y finalmente gracias a los que con retuits, mensajes, comentarios o de viva voz mostráis vuestra fidelidad o interés en el blog. A quienes me animáis con vuestros "me gusta" o vuestra presencia. A quienes propagáis y compartís, a quienes hacéis más grande y completo el círculo. A quienes, en suma hacéis posible el continuo diálogo entre los solitarios pensamientos de un dermatólogo en un museo y os convertís en voluntarios acompañantes, en espectadores, intentando mirar con nuevos ojos lo que alguien pintó, esculpió o fabricó para que todos y cada uno de nosotros comprendiéramos. Para comprender el mundo desde un punto de vista curioso, tal vez diferente, pero sin duda enriquecedor. 

El cuidado de los enfermos en el hospital






Domenico di Barolo

Gobierno y cura de los enfermos 
(1440-1441) 

Fresco


Pellegrinaio. Hospital de la Scala. Siena. 



Domenico di Bartolo (1400-1445) fue un pintor del Quattrocento, encuadrado en la escuela sienesa, y uno de los más destacados realistas de este tiempo. Una de sus más importantes obras es el gran fresco del cuidado de los enfermos en el Pellegrinaio (sala de peregrinos) del Hospital de la Scala, en Siena.   


Vista general del Pellegrinaio del Ospedale della Scala, en Siena. 
El Pellegrinaio es una gran sala decorada con grandes frescos de diversos autores sobre las donaciones y privilegios de este hospital, donde se daba cobijo y cuidados a los peregrinos enfermos. Fue usado como sala de hospitalización hasta tiempos relativamente recientes, los años setenta del pasado siglo. Entre todos los frescos del Pellegrinaio es el que aquí presentamos sin duda el más conocido y el que mejor ilustra la actividad que se desarrollaba cotidianamente en el Hospital. La pintura está realizada con un realismo tal que incluso algunos críticos se han atrevido a reconocer las salas que aparecen en este fresco: las actuales salas del Passeggio y la de San Pío. 


Escenas de la zona central: el lavado del joven herido que va a somenterse a la intervención del cirujano


En el centro de la pintura aparecen visitando el hospital los rectores del hospital. Sus caras presentan un detallismo tal que permiten suponer que se trata de auténticos retratos de los donantes. Al lado de este grupo aparece el cirujano. En la parte baja, un joven, que ha sido herido en una pierna ha sido desnudado (un asistente le retira la ropa) y está siendo lavado y secado cuidadosamente por otro asistente, como preparación a la intervención quirúrgica. El cirujano, tras él, está mirándolo atentamente y es fácil adivinar que está dando algunas instrucciones sobre como debe realizarse un correcto lavado. 

A la izquierda, se representa la medicina física, con dos médicos que discuten sobre la orina contenida en un recipiente de vidrio. Delante de ellos, un asistente ayuda a incorporarse a un enfermo, que está sobre una camilla, tal vez un recién llegado al hospital, ya que en el fondo otro asistente está preparándole la cama y la almohada. 


Escenas de la parte derecha: el fraile confesor,
los sirvientes con el féretro, la lucha entre el perro y el gato
En la parte derecha de la pintura nos encontramos a un fraile, que tiene la cabeza recostada en una mano, en actitud de escuchar a un enfermo que agoniza. Es fácil suponer que lo está oyendo en confesión. A sus pies, un perro y un gato se pelean, en un probable simbolismo de la lucha entre buenas y malas obras o - tal vez - la lucha entre la vida y la muerte. En la parte delantera una gran jofaina con una jarra de agua y una toalla, objetos usados sin duda para lavados de los enfermos. En el extremo, dos sirvientes transportan un féretro de un difunto, cubierto con brocados negros en los que puede verse una escalera, el símbolo del hospital. 

En conjunto en el fresco aparece todo lo que sucede en el hospital: la actividad médica, quirúrgica e higiénica. Los enfermos que llegan, los que son curados, los que agonizan y mueren. 




Frescos de Santa Maria della Scala: 



dimecres, 6 de juliol de 2016

El evangelista envejecido





Jacob Jordaens

Los cuatro evangelistas
(1620 circa)

Óleo sobre lienzo. 133 x 118 cm.

Musée du Louvre. Paris. 



Jacob Jordaens (1593-1678) fue un gran pintor flamenco de la época barroca, sin duda uno de los más representativos de este estilo, tras Rubens y Van Dyck.

Natural de Amberes, estableció su propio taller de pintura en esta ciudad. La calidad de su obra llamó la atención de Rubens, que lo contrató como ayudante suyo. Juntos realizaron varias obras y el estilo de Rubens marcó de forma definitiva la obra de Jordaens, con una paleta brillante y sensual, con predominio de blancos luminosos y profundos tonos rojizos, aunque nunca llegó a alcanzar matices tan refinados como los que lograba dar su maestro. Decoró diversos palacios reales con temas mitológicos y alegóricos y ejecutó importantes obras de temática religiosa. También cultivó la pintura de género y el retrato. 

Con el tiempo, Jordaens, de familia católica, terminó convirtiéndose al protestantismo. Fruto de este giro ideológico en su vida, abandona progresivamente la pintura religiosa e incluso algunas de sus pinturas muestran un decidido anticatolicismo. 

En el cuadro de los cuatro evangelistas podemos ver la figura central, la del evangelista más joven, vestida de blanco y sobre la que gravita la composición de la pintura. Se trata de San Juan, considerado tradicionalmente el apóstol más joven de los doce y el preferido de Jesús. Tras la muerte del Rabí, Juan escribió el último de los evangelios, desde su retiro en la isla de Patmos. En la obra de Jordaens los otros tres evangelistas - de edad más avanzada - rodean a Juan. Todos parecen repasar las escrituras que han escrito. 

Los evangelistas no se habían representado como figuras individualizadas hasta bien entrado el s. XV. Anteriormente, en la Edad Media, se representaban mediante el Tetramorfos, es decir los cuatro símbolos que los representaban: el toro (Lucas), el león (Marcos), el ángel (Mateo) y el águila (Juan). No hay quien ve en este cuarteto fundamentalmente zoomorfo una continuación de los hijos de Anubis, según la mitología egipcia, con una función apotropaica similar a la del Tetramorfos. 

Los evangelistas como individuos humanos aparecieron a partir del Renacimiento florentino, alcanzando su revelación plena con Miguel Ángel. Posteriormente Caravaggio los identificó con personajes del pueblo y así es como también los pinta Jordaens. Si nos fijamos en la pintura que hoy comentamos, veremos como se usan empastes y semiempastes de color, lo que acentúa la presencia rotunda de los personajes. 

Detalle de Los cuatro evangelistas. El personaje de la izquierda
muestra evidentes signos de elastosis, con flaccidez de la piel
y formación de quistes y comedones, especialmente visibles
en la nariz y zonas suborbitarias. El de la derecha, por su parte,
muestra una cicatriz en la mejilla y la piel fotoenvejecida.
Los apóstoles de edad avanzada muestran signos claros de senilidad y de fotoenvejecimiento en la piel de la cara (probablemente para acentuar más todavía la juventud de Juan). Uno de ellos, el segundo desde la derecha, presenta profundas arrugas en la zona frontal, con evidentes signos de elastoidosis, una piel engrosada y laxa y con numerosos comedones y pequeños quistes en la piel de mejillas y nariz.  Se trata de una representación clara de la elastoidosis a quistes y comedones de Favre y Racouchot, una degeneración cutánea provocada por la exposición crónica al sol. Estas alteraciones de elastosis actínica ocurren en las zonas fotoexpuestas de la cara, especialmente en la zona malar y suborbitaria. La piel de estas zonas presenta una tonalidad amarillento-anaranjada, y presenta una clara laxitud (patente en el descolgamiento de la piel en ciertas áreas) y la formación de arrugas profundas.  Se forman numerosos comedones en la nariz y las zonas suborbitarias. Muchas veces coexiste con cutis romboidalis en la nuca. Esta afección fue descrita por Favre en 1931 y estudiada en profundidad por Racouchot un par de décadas más tarde (1951), aunque como vemos no se escapó a la sagaz observación de Jordaens en el s. XVII. 

También podemos observar otros detalles de patología dermatológica en esta pintura. El personaje situado más a la derecha muestra una antigua cicatriz en la mejilla, por ejemplo, y un claro fotoenvejecimiento del cuello. 


Pintor Jacob Jordaens:






dimarts, 5 de juliol de 2016

La artritis psoriásica de Fray Pedro de Urraca





Anónimo

Fray Pedro de Urraca 
(s. XVII)

Óleo sobre tela 



En general, suele aceptarse que la psoriasis fue descrita oficialmente como enfermedad de la piel por Robert Willan (1757-1812) en su texto histórico On Cutaneous Diseases. Al parecer fue en esta época (1798) cuando se comenzó a usar el nombre de psoriasis, derivado del griego psora.  Sin embargo, la psoriasis ya era conocido en la antigüedad, aunque frecuentemente se confundía con lepra. Tenemos indicios que la primera descripción no médica de la psoriasis fue realizada por Benjamin Franklin

En la mayoría de tratados se considera que la artritis psoriásica fue descrita por Jean Louis Alibert en 1818, a pesar de que no usó esta terminología para designarlo. El término "psoriasis arthritique" fue aplicado por primera vez por Ernest Bazin en su libro "Leçons théoriques et cliniques sur les Affections Cutanées de nature arthritique et Dartreuse". Sin embargo la verdadera descripción la realizó C. Bourdillon en su tesis "Psoriasis et arthropaties" (1888). Un año más tarde, Ernest Besnier aportaba otro caso de artropatía psoriásica. A pesar de eso, durante mucho tiempo se consideró que la artritis psoriásica era una forma de artritis reumatoide, y tuvieron que pasar muchos años hasta que la American Rheumatology Association la reconociera como un tipo específico de artritis en 1964.  

Pero sin menoscabo de todas estas descripciones médicas, tenemos indicios de una descripción previa de la enfermedad, lo que podríamos llamar una descripción "avant la lettre", anterior en más de un siglo a todas las anteriores. En 1674, el cronista Antonio Herrera Casado,  comentaba que el fraile mercedario Pedro de Urraca (Jadraque ,1583 - Lima, 1668), que a la sazón era misionero en el Perú, padeció de una probable artritis psoriásica



Estampa de Fray Pedro de Urraca.
Museo de América. Madrid. 
Biografía de Fray Pedro de Urraca (s. XVII).
Biblioteca del Museo de América. Madrid.
         

En la obra de Herrera en su obra "De Jadraque al Perú: Fray Pedro de Urraca" encontramos este pasaje en el que se describe con todo detalle como las articulaciones del fraile se deformaban y se anquilosaban al tiempo que sufría una enfermedad descamativa de la piel en todo el cuerpo: 

“Ventinueve años le afligió la gota sin afloxar un día la viveza de sus dolores, sintiéndolos a un tiempo en todas las junturas del cuerpo, con tanta fuerza, que las manos se volvieron gafas, los dedos se torcieron contra el natural, quedando con la dureza como si fueran de hierro. Las rodillas y las piernas quedaron encorvadas sin poderlas mover. Y le dio Nuestro Señor una lepra, desde el cuello hasta los pies, desde los hombros a las muñecas, con unas escaras o escamas a modo de las de un pescado, del grandor de una uña…” 

No nos queda la menor duda de que esta es en realidad una descripción de una artritis deformante que se acompaña de una enfermedad eritematodescamativa generalizada, compatible perfectamente con psoriasis, lo que constituiría la primera descripción de este mal. 

Tras muchos años de padecimientos, Urraca murió en Lima el 7 de agosto de 1668. Se inició entonces lel proceso de beatificación, ya que Fray Pedro tenía justa fama de persona de vida ejemplar. Tras su muerte, y aún en los últimos años de su vida en la que la fama del jadraqueño había ido alcanzando cotas muy notables, se hicieron numerosos retratos al óleo, y se grabaron estampas en las que fray Pedro de Urraca aparecía, revestido de su hábito de fraile mercedario, y acompañado de los elementos iconográficos propios de su orden.


Bibliografía

Herrera Casado A. De Jadraque al Perú: Fray Pedro de Urraca, en “Glosario Alcarreño”, Tomo II, “Sigüenza y su tierra”, Guadalajara, 1976, pp.141-147

Ferrer Tévar C. Un alcarreño en América: Fray Pedro de Urraca, Guadalajara (Institución de Cultura "Marqués de Santillana"), 1988

Bris Gallego JM. El libro de Jadraque, AACHE, Guadalajara 2010. ISBN 978-84-92886-17-3

Herrera A. Panel de Alcarreños distinguidos http://www.aache.com/alcarrians/urraca.htm


dilluns, 4 de juliol de 2016

Mortificándose en un zarzal





 Jan Brueghel de Velours

San Benito sobre las zarzas 

Óleo sobre tela 

Museu de Montserrat



Jan Brueghel de Velours (1564-1625) fue un pintor flamenco, hijo de Pieter Brueghel el Viejo y padre de Jan Brueghel el Joven. Por su afición a vestir ropas de terciopelo es apodado de Velours (de terciopelo). 

Su obra pictórica se centró sobre todo a pintar naturalezas muertas, especialmente ramos de flores, aunque también pintó escenas bíblicas o hagiográficas. En general prefiere las escenas en ambiente boscoso, como en el caso de esta pintura.   

Miniatura del maestro de Fauvel representando a San Benito 
revolcándose entre las zarzas.
En el cuadro en cuestión aparece San Benito de Nursia, en la época que fue ermitaño en la cueva de Subiaco, cerca de Roma. El santo aparece desnudo, revolcándose por unas zarzas. La escena hace referencia a que San Benito, en su retiro eremítico, tuvo una vez pensamientos libidinosos imaginando a una mujer que había visto en una ocasión. Para sofocar todo deseo carnal decidió provocarse dolor revolcándose en una zarza y así evitar toda concupiscencia. 


La mortificación mediante el dolor autoinflingido fue más tarde una constante entre los místicos, que no sólo se autolesionaban con diversos procedimientos sino que si sufrían una enfermedad consideraban que era una prueba de elección divina: Dios les enviaba la dolencia como una prueba, como la oportunidad de emprender un camino de santidad. Esto cambió la idea de la enfermedad-castigo (hegemónica en la Biblia y en el Evangelio) por el nuevo concepto de enfermedad como ocasión de santificarse (1) y por lo tanto padecerla puede llegar a ser incluso una señal que Dios concede a los que elige para mostrarles - a través del dolor - el camino de perfección.