viernes, 30 de diciembre de 2016

Feliz año nuevo






Jano 

Terracota
Museo Etrusco. Roma.



El dios etrusco y romano Jano o Iano era un dios de dos caras, que miraba a la vez hacia adelante y hacia atrás. Por eso era el dios de las puertas y portales, y también se le consagró el primer mes del año, enero (Januarius). 

La doble cara de Jano es también un simbolismo muy indicado para este blog, que pretende mirar al arte y a la historia a la vez que a la medicina (y muy especialmente a la dermatología). Una duplicidad que voluntariamente queremos aplicar a nuestra visión del mundo. 

Según los romanos, a este dios se le atribuían buenos finales. Y eso es lo que os deseo en este año que comienza: que lo terminéis bien. Y también que - como Jano - encaréis con entusiasmo el futuro que se abre ante nosotros en este nuevo año 2017 sin por eso olvidar el pasado histórico donde hallamos las razones y causas de tantas cosas. 

¡ Feliz año 2017 a todos los lectores de este blog !




Roma: Arco cuadrifronte de Jano

jueves, 29 de diciembre de 2016

Historia del bidé





Louis-Léopold Boilly

La toilette matutina

Óleo sobre lienzo. 
París. 




Algunos objetos humildes parecen no tener historia. Y si la tienen, pasa desapercibida, casi olvidada por todos. Y sin embargo forman parte de nuestras vidas, comparten con nosotros las actividades cotidianas, algunas tan importantes como la higiene. Uno de estos elementos es el bidé.

Etimológicamente esta palabra deriva del francés bidet en su grafía francesa), que significa pony. En francés antiguo bider significa trotar. Probablemente deriva de la postura que se adopta al usarlo, a horcajadas, similar a la de montar a caballo. Y probablemente los jinetes (o amazonas), que calmaban sus largas cabalgatas en el bidé contribuyeron a popularizarlo. 

Parece ser que podemos encontrar antecedentes del bidé ya en el mundo clásico. Hemos comentado alguna vez ciertas representaciones en cerámicas áticas en la Antigua Grecia. Tácito comenta en su Germania, que algunas damas romanas usaban el solium, un recipiente de plata, para su higiene íntima. 

Pero luego perdemos esta pista durante siglos. No es hasta el s. XVIII cuando lo reencontramos. El Marqués d'Argenson en sus memorias (Mémoires et Jounal inédit, 1710) nos cuenta como es recibido por Madame de Prie en su toilette, manteniendo una conversación con ella en un entorno íntimo que actualmente consideraríamos escandaloso y obsceno. La señora - sin pudor alguno - se dispone a usar su bidé delante del propio marqués, al que invita a quedarse con total naturalidad. 

Bidé de Luis XV
Claro está que en aquellos años los bidés eran movibles, como un mueble, al que llamaban silla de limpieza, y que encontramos en los talleres de los grandes ebanistas europeos. No tenían un lugar concreto de la casa para instalarse y se iban cambiando de una sala a otra. Muchas veces la higiene íntima podía realizarse en el salón o en el dormitorio. 

La transportabilidad de los bidés hacía que pudieran ser incluso fabricados como muebles de viaje. Encontramos este tipo de muebles en los talleres de los grandes ebanistas europeos, ya que estaban confeccionados con un armazón externo de madera. La primera publicidad del bidé data de 1740. A partir de 1750 apareció el bidet à seringue, un bidé dotado de un chorro de agua. Ciertamente la posibilidad de lavar la zona genital sin desvestirse, en un tiempo donde los baños eran realmente escasos, y en una época de gran libertinaje, tuvo que ser un artilugio acogido con entusiasmo. 

Incluso algunas veces había bidés dobles, que permitían su uso a más de una persona. En estos casos, la socialización se añadía a la higiene. Y al lujo, ya que no olvidemos que estos elementos eran privativos de la alta sociedad, y muchas veces el trabajo de ebanistería era acorde a este uso suntuario. Tal era el caso, por ejemplo, del que utilizaba Madame de Pompadour, que era usado habitualmente en un gabinete con motivos chinescos y al que la favorita de Luis XV solía llamar "chaise d'affaires" (que se podría traducir por algo así como "silla de asuntos").
Bidé usado por la emperatriz Sissi
Como decimos, los usuarios de los bidés eran usualmente miembros de la nobleza. Tenemos noticia de que disponía de uno la Emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo. En el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, de Segovia hay diversos bidés almacenados que estaban a disposición de quien los solicitara. La Emperatriz Sissi era una firme partidaria de este tipo de aditamentos higiénicos. No solamente tenía uno en Viena sino que dispuso otro en el castillo de Achilleon, su residencia en Corfú. También su malogrado hijo Rudolf era aficionado al bidé y disponía de uno de porcelana.

Además de la nobleza, encontramos documentado el uso de bidés en otras capas sociales, apareciendo por ejemplo en el inventario de los bienes de un canónigo, a pesar de la prevención con los que los miraba la Iglesia. 

Bidés de porcelana vidriada, transportable, del s. XIX.
En las fotos se ve con la tapa y sin ella.
(Fotos gentileza del anticuario Aquiles, de Barcelona)
Los bidés no solamente eran de uso privativo de la realeza y la aristocracia. Eran usados también por antimonárquicos como D. Manuel Azaña, Presidente de la República Española. Cuando el Palacio de Oriente de Madrid se convirtió en Palacio Presidencial, Azaña ordenó construir un espacioso y completo baño, ya que anteriormente no había ninguna cámara prevista para la higiene personal completa y en el que figuraba un bidé fijo.  

Como curiosidad, hay que señalar que en 1911 existían en Madrid una especie de bidés públicos que podían alquilarse por 10 céntimos. En las casas particulares, hasta 1900 se dispuso dentro del dormitorio, hasta que encontró su lugar definitivo en el cuarto de baño a poco de comenzar el s. XX. 

François Boucher. La toilette intime (1741)
Pero aparte de su innegable utilidad higiénica, el bidé era un objeto  que fue visto siempre como un elemento morboso. Su uso habitual en la higiene pre y post-coital lo relacionaban con el sexo y la lujuria. La excesiva higiene de la zona genital había sido visto secularmente como un tabú . Muchas veces se lo relacionaba con la prostitución - de hecho, era un servicio que era ofrecido habitualmente en loas burdeles -  y su uso era compartido por prostitutas y clientes. La Iglesia lo miraba con prevención y además tenía fama de ser usado para practicar abortos.

En algunas épocas el bidé fue visto como solo apto para mujeres. Incluso los hombres veían mermada su masculinidad cuando lo usaban generalmente por prescripción facultativa. Y es que una de las indicaciones del uso del bidé es para el tratamiento de los hemorroides. Lo usaba asiduamente Napoleón, que padecía este problema, agravado por tantas horas montando a caballo. 


Un bidé de porcelana china del s. XVIII, procedente de Sudáfrica
En tiempos más recientes el bidé ha triunfado en muchos países, aunque sigue siendo desconocido en otros. Es el caso de los Estados Unidos, donde es prácticamente desconocido. Es mucho más usado en Europa (especialmente en Grecia, Italia, Francia, España y Portugal); Sudamérica (particularmente en Argentina y Uruguay en donde se encuentra en el 90% de las casas); en Oriente Medio y en algunas partes de Asia (sobre todo en Japón, donde también es habitual en los lavabos públicos) 

Pero seguro que a pesar de su dilatada historia, la mayoría sólo recuerdan la apócrifa y jocosa historia de la Trinca: El Baró de Bidet. 


La Trinca: el Baró de Bidet

Versió Original catalana: 




Versión castellana: 






miércoles, 28 de diciembre de 2016

Las "cabrillas" del brasero





Julio Romero de Torres


La chiquita piconera
(1930)

Óleo y temple sobre lienzo. 100 x 80 cm
Museo Julio Romero de Torres. Córdoba.




Julio Romero de Torres (1874-1930) fue un pintor cordobés muy popular en Andalucía. Su trazo preciso y realista, con una clara tendencia arcaísta, acompañaba a una intención simbólica que cautivó a muchos intelectuales de su tiempo. Uno de ellos fue Ramón del Valle Inclán, que se sentía atraído por su pintura, que transgredía los límites entre lo sublime y lo decadente.  

El estilo simbolista de Romero de Torres se acompaña siempre de un marcado carácter andaluz. En sus cuadros aparecen continuamente los tópicos del folklore del país. Las referencias al flamenco, al toreo o a la copla son constantes. Pintó sobre todo a la mujer andaluza, morena y de profunda mirada, en las que se trasluce el deseo y la pasión. Sus figuras femeninas, vestidas o semidesnudas, escandalizaron en su época debido a la velada carga erótica transmitida por sus posturas o expresiones insinuantes. 

Una de ellas es La chiquita piconera, una de sus obras maestras, realizada poco antes de la muerte del artista. La modelo del cuadro fue la adolescente María Teresa López, que también posó para Julio Romero en otras ocasiones. 


La chiquita piconera fue reproducida en un sello de 5 ptas. en 1965

El cuadro muestra en un primer plano, a una muchacha sentada en una silla de madera y enea mientras remueve con una badila las brasas de un brasero de picón. Por la puerta del fondo puede verse un paisaje de Córdoba, algo muy típico en las obras del pintor. Se puede reconocer el Paseo de la Ribera, el Guadalquivir, el puente Romano y la torre de la Calahorra. La joven mira directamente al espectador casi sin alzar la cara, con un hombro descubierto y con las piernas abiertas delante del brasero, solamente cubiertas por unas medias y con zapatos de tacón. Lleva la falda arremangada y muestra la liga de las medias. La postura, la mirada insinuante y el estudiado descuido en mostrar los muslos y los hombros sugiere el ofrecimiento de una prostituta que se calienta al lado del brasero mientras intenta captar un nuevo cliente. La velada sugerencia fue considerada altamente erótica entre el público de su tiempo.  

Aparte de ser usado como un componente erótico, la postura de la joven, con las piernas abiertas ante el brasero era algo muy habitual, ya que así se calentaba la parte interior de los muslos. Muchas veces, los braseros se disponían bajo una mesa camilla, cubierta con unos faldones que permitían optimizar el calor al tiempo que proteger las piernas abiertas de miradas indiscretas. 

Los braseros eran el único medio de calefacción en muchas casas a principios del s. XX. Calentaban solamente la parte del cuerpo que se aproximaba a ellos, que en la mayoría de los casos eran las piernas, en la postura descrita. Al acercar repetidamente la piel a una fuente de calor se produce un eritema ab igne por la radiación infrarroja. La vasodilatación continuada de los vasos superficiales, ocasiona la aparición de unas lesiones eritematosas en forma de red que con el tiempo se pigmentan, adquiriendo un color pardusco. Estas lesiones en Andalucía se llaman popularmente cabrillas.  

Actualmente no se ven muchas cabrillas por braseros en las consultas dermatológicas. Pero sí se ve el mismo trastorno producido por acercarse demasiado a otras otras fuentes de calor: radiadores, esterillas eléctricas o incluso ordenadores. 


Julio Romero de Torres: 





martes, 27 de diciembre de 2016

Los enfermos del belén


La farmacia del belén muestra como debía ser la actividad de una botica del s. XVIII


Belén de pastores enfermos

Museo delle Arti Sanitarie
Hospital de los Incurables
Nápoles  




En estos días de Navidad es frecuente ver pesebres por doquier. Una tradición muy arraigada que - iniciada por San Francisco de Asís - reproduce en miniatura escenas relacionadas con el relato evangélico del Nacimiento de Jesús. Muchas veces los pesebres reinterpretan la historia con deliciosos anacronismos, situando la narración en tiempos más o menos modernos e incorporando elementos de cultura popular y costumbrismo propio de cada país o región geográfica. Es común que los pesebres representen improbables arquitecturas, tiendas con productos inexistentes en tiempos evangélicos, oficios y profesiones modernas, y aún algunas escenas de ocio o incluso deportivas de reciente aparición. No es raro pues ver en ellos, mezclados con personajes bíblicos, a jugadores de cartas o de petanca, campesinos del s. XIX fumando en pipa o incluso, a un cura católico leyendo el breviario... Se representa pues más el folklore y la etnología local que la presunta realidad de la Judea del s. I. 


Un personaje con diversas patologías: labio leporino, tuerto y jorobado (en napolitano, "scartellato"),
empuña un enorme clisterio, probablemente ofreciendo este servicio a otros enfermos de otro tipo.

Los pesebres napolitanos tienen una justa fama. Algunas de sus figuras son auténticas obras de arte y muchos de ellos tienen una considerable antigüedad. Pero hoy hablaré de un pesebre realmente original. Se trata del que expone el Museo delle Arti Sanitarie, anexo al Ospedale degli Incurabili de Nápoles, una centenaria entidad fundada en 1522 por la Venerable Madre María Lorenza Longo. El director del Museo, Gennaro Rispoli, impulsor de la asociación "Il Faro di Ippocrate", tuvo la idea de aprovechar el belén para reflejar las principales enfermedades que asolaban Nápoles en el s. XVIII. 


Un detalle de una de las figurillas, representando a un pastor con un sarcoma

Las figurillas de este pesebre incluyen a cerca de una cuarentena de pastores y otros personajes con problemas patológicos identificables. Se realiza así un recorrido por las principales epidemias y enfermedades de las que los anales napolitanos dejaron constancia. Muchos de los personajes del insólito belén están afectos de la peste, verdadero terror de aquellos años, o de la temida viruela, tan extendida en la época barroca, o por el cólera que tantos muertos ocasionó en la Campania. No faltan no faltan las deformidades y garras producidas por la lepra y las lesiones faciales visibles en la sífilis secundaria. Además podemos identificar muchas otras patologías: enfermos con males evidentes o deformidades (cojos, amputados, jorobados); enfermedades genéticas o congénitas (enanos acondroplásicos, labio leporino); tumores (cáncer de mama, sarcomas); enfermedades endocrinas (bocio); afecciones oculares (ciegos, tuertos), y otras muchas, como herniados, u obesos.  


Una escena con un sacamuelas.
A la derecha, un cojo con una prótesis de madera

Pero la muestra no se termina con la representación de los enfermos. También se pueden ver escenas de los incipientes profesionales sanitarios, médicos, curanderos o cirujanos-barberos, representando el desempeño de sus oficios tal como debían ser en el Settecento


Otra visión del belén. 

Así, un cirujano sacamuelas arranca una pieza dentaria a un paciente en plena plaza pública bajo la atenta mirada de la mona que lo acompaña y que sirve como reclamo para atraer a posibles clientes. También pueden verse charlatanes que prometían asombrosas curaciones vendiendo infalibles remedios por calles y mercados. O los que ofrecían sus servicios aplicando clisterios, ventosas o sanguijuelas. Y también una farmacia, reproducida tal como debían ser las boticas dieciochescas. Como la recuperada farmacia del propio Ospedale degli Incurabili, una maravilla de esta época, perfectamente conservada, atendida por monjes y alquimistas. 


Un mendigo, amputado de ambas piernas, es otro de las figuras del pesebre

Los artesanos de esta obra proceden principalmente del prestigioso taller Fratelli Scuotto (Scarabattola), que han aportado su experiencia y profesionalidad en la realización de este tipo de figuras, y a los que se han unido algunos artistas y coleccionistas como Roberto Caruso, Fernando Gombos, Stefania Matera y el propio Gennaro Rispoli. 

En resumen, el belén del Hospital de los Incurables es una buena excusa para acercar la historia médica y sanitaria al público en general.  

Como insisto habitualmente en escritos, conferencias y también desde este blog, la historia de las enfermedades y del progreso médico es de vital importancia para comprender a la sociedad de una época y a la historia en general. Desde aquí nos congratulamos y felicitamos a los autores de esta iniciativa, única en el mundo, que contribuye a divulgar la historia de epidemias y enfermedades, así como los albores de las actuales profesiones sanitarias. 



Napoli: "Presepe degli ammalati" del Settecento:





lunes, 26 de diciembre de 2016

El ángel que dió fin a la peste





Anton van Verschaffelt

El ángel del Castel Sant'Angelo
(1753)

Estatua de bronce
Castel Sant'Angelo. Roma.  



Cualquier visitante, turista o peregrino que haya pasado por Roma habrá reparado en la inmensa mole de un castillo a las orillas del río Tíber, que se visualiza fácilmente desde muchos lugares de la ciudad. Es el Castel Sant'Angelo, el castillo del ángel, una de los lugares emblemáticos de la ciudad eterna. 

Perin del Vaga: Fresco representando al emperador Adriano. Sala Paolina. 
Castel Sant'Angelo, Roma.
Aunque cueste de creer por sus notables dimensiones, este enorme edificio fue erigido primitivamente como mausoleo del emperador Adriano. 

Un inmenso monumento funerario para un emperador que amaba los placeres del cuerpo y que poco antes de morir escribió una bellísima poesía llena de sensibilidad en la que se despedía de su propia alma, que tantos placeres le dió en vida y que fue como su último testamento y epitafio: 


"Animula vagula blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula
Nec, ut soles, dabis iocos"


(“Pequeña alma mía, tierna y vaporosa / huésped y compañera de mi cuerpo / descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, / donde habrás de renunciar a los juegos de antaño.”)
Más tarde el mausoleo fue reutilizado para diversos usos: fortaleza, palacio papal, mazmorra...

El ángel en la cima del Castillo
Su nombre actual deriva de la enorme escultura de bronce que lo remata y que representa al arcángel San Miguel. La leyenda que vincula el castillo con el angélico protector es muy antigua, y al parecer se remonta al s. IX. En aquel tiempo se extendieron por Roma los rumores de una milagrosa aparición sucedida algunos siglos antes en la cima del mausoleo. 

Bajo el pontificado de Gregorio I Magno (590-604) los romanos se vieron afligidos por una terrible epidemia de peste. Para invocar la misericordia divina el papa Gregorio organizó una procesión hasta la tumba del apóstol Pedro en el Vaticano. Amedrentados por la epidemia, la participación del pueblo fue masiva. Cuando la comitiva llegó a la altura del mausoleo de Adriano, los romanos vieron a un ángel surcando el cielo mientras envainaba una espada flamígera. Era el día 29 de agosto del 590 y tras esta visión, la pestilencia desapareció.

A esta leyenda se debe el nombre con el que se conoce hasta hoy el monumento, y también la construcción en su cima de una capilla dedicada al arcángel. La coronaba la figura de un ángel y por eso fue llamada "Sancti Angeli usque ad coelos", es decir, hasta las nubes, y que probablemente estaba situada en la actual Sala della Rotonda

El ángel de mármol con alas de bronce obra de Raffaele di Montelupo
La estatua del ángel era primitivamente de madera, que pronto se dañó por la intemperie. Un segundo ángel, de mármol, fue destruído en 1379 en un asedio y sustituído en 1453 por un ángel de mármol con las alas de bronce, que no duró muchos años: en 1497 un rayo hizo explotar un polvorín en el castillo y se le sustituyó por uno de bronce dorado, que a su vez fue fundido durante un asedio para fabricar cañones. Le sucedió una estatua de mármol con alas de bronce, obra de Raffaele di Montelupo. Finalmente, en 1753 llegó la estatua actual de bronce, obra de Peter Anton van Verschaffelt.  

El ángel normalmente está en ademán de envainar la espada. Simbólicamente, este gesto es un ademán protector, que termina con las pestes, guerras y posibles calamidades que puedan afectar a la ciudad de Roma. Pero existe la costumbre de que en tiempo de guerra la espada esté desenvainada, el alto, como si con su gesto retador el ángel quisiera proteger a los romanos de los ataques enemigos. Esperemos, para bien de Roma, que el ángel siga durante mucho tiempo envainando la espada y que la paz, la salud y la prosperidad estén con los habitantes de la ciudad. 





Il Castel Sant'Angelo: