lunes, 22 de mayo de 2017

La depresión y la suciedad pertinaz de Felipe V (y II)






Louis-Michel van Loo

La familia de Felipe V


Óleo sobre lienzo  
Museo del Prado, Madrid.



Comentábamos en una entrada anterior  la progresiva locura y fobias de Felipe V, el primer Borbón de la Corona hispánica, que coincidiría con el diagnóstico actual de trastorno bipolar y obsesión por el sexo, que practicaba a todas horas con su primera esposa, M. Luisa Gabriela de Saboya.   


Tras la muerte de M. Luisa a los 25 años, Felipe V contrajo nuevas nupcias tan solo 7 meses después de su viudedad. La nueva reina, Isabel de Farnesio, muy ambiciosa y de gran carácter, se impuso sobre muchas de las decisiones del monarca. Con ella, Felipe tuvo siete hijos, entre los que destacaron Carlos III (rey primero de Nápoles y que luego sería su sucesor en la Corona hispánica) y Felipe, duque de Parma. El nuevo matrimonio supuso un cambio del influjo francés por el italiano, y a partir de entonces su política intentó una revisión de lo pactado en Utrecht para recuperar los territorios italianos. El Cardenal Alberoni dirigió en un primer momento esta política reivindicatoria, pero la Cuádruple Alianza integrada por Gran Bretaña, Francia, Países Bajos y el Imperio, puso fin a estos intentos. Se fracasó asimismo en los intentos por recuperar Menorca y Gibraltar. 

En la mañana del 4 de octubre de 1717, Felipe V sufrió un ataque de histeria súbito cuando salió a cabalgar: creía que el sol le atacaba. Desde entonces comenzó a desarrollar una fobia absoluta a la luz del sol. Enloquecido, creía que el sol le penetraba en el cuerpo hasta alcanzar los órganos vitales y que podía llegar a destruirlos. Vivía encerrado en total oscuridad. 

La reina Isabel de Farnesio, segunda esposa de
Felipe V,  que tuvo una gran influencia sobre el rey
El Rey inició un progresivo viaje hacia la locura más absoluta. Presentaba crisis de histeria en público y eran muy frecuentes sus alucinaciones: creía que se había transformado en una rana o era presa de pesadillas en las que frecuentemente luchaba contra fantasmas inexistentes a los que intentaba ensartar con su espada. 

En enero de 1724, Felipe V abdicó de forma inesperada en su hijo Luis, primogénito de su primer matrimonio con María Luisa de Saboya, pero Luis I contrajo la viruela y falleció aquel mismo año, tras un breve reinado de 7 meses. 

Se planteó entonces una situación conflictiva. En teoría Felipe V no debía reinar, ya que había abdicado. Lo más lógico es que subiera al trono Fernando, hermano de Luis, hijo como él de María Luisa de Saboya. Pero la reina, Isabel de Farnesio no estaba dispuesta ver en el trono a uno de sus hijastros. Como que no se podía saltar la línea sucesoria, forzó al viejo rey Felipe V a tomar nuevamente la corona en un segundo reinado que fue de 1724 hasta su muerte en 1746. En junio de 1728 Felipe redactó un nuevo testamento renunciando otra vez a la corona, y lo entregó al presidente del Consejo de Castilla. Pero Farnesio abortó la operación de inmediato, dejándolo sin efecto. El destino de Felipe era reinar a su pesar.

Felipe V
La locura de Felipe no se detenía. La fobia a la luz solar era cada vez más obsesiva. Cuando trasladó la corte a Andalucía (1729-1733), invirtió los horarios. Cenaba a las cinco de la mañana, a las siete u ocho se iba a la cama, pasadas las doce del mediodía tomaba su pócima para el vigor sexual y una hora más tarde comenzaba a vestirse. El día, para él, se iniciaba con la caída del sol. Era frecuente, por ejemplo, recibir las credenciales de los embajadores a las 3 de la mañana. 
     
Como consecuencia de esta fobia, pronto desarrolló otra: Rechazaba la ropa blanca, ya que afirmaba que las camisas, paños y sábanas de este color desprendían una luz cegadora que lo importunaba. Afirmaba que esta molesta luminiscencia se debía a que el número de misas por el eterno descanso de su primera esposa, Mª Luisa de Saboya – fallecida 14 años antes – había sido insuficiente. Hizo cambiar toda la ropa de este color del palacio, incluyendo vestidos, ropa de cama y mantelerías.

Pero no se contentó con eso. Comenzó a decir que lo intentaban asesinar envenenándolo a través de una camisa. La confección de su ropa interior fue encargada a unas monjas, y no se ponía ninguna que no hubiese sido probada antes por su mujer, y cuando lo hacía no se la cambiaba durante meses. Si no tenía camisas "fiables" no tenía ningún recato en aparecer desnudo en público, cosa que hacía con total naturalidad. 

A causa de todo esto fue abandonando totalmente sus prácticas de higiene personal. En sus repetidos episodios depresivos, el soberano podía pasar días enteros sin salir de la cama, y semanas y hasta meses sin afeitarse, ni cambiarse de ropa, ni lavarse. Tampoco permitía que le cortaran el pelo o las uñas, que se convirtieron en verdaderas garras repugnantes (onicogrifosis). Las uñas de los pies llegaron a ser tan largas que se le enroscaban impidiéndole caminar con normalidad. 


Corrado Giaquinto: Farinelli
La reina había conseguido calmar las obsesiones de Felipe con conciertos a cargo de castrati, como Farinelli. Su voz devolvía algo de paz al monarca. Pero ante sus constantes negativas a lavarse, Isabel de Farnesio llegó a amenazarle con retirar el momento de recreo musical si no se bañaba de vez en cuando. 

Los embajadores temían las audiencias con el monarca por el hedor corporal que despedía (similar a una fiera salvaje, según algunas descripciones) y por su patética imagen. En una ocasión recibió a un diplomático vestido con un sucio y maloliente camisón que le dejaba las piernas al aire, y una peluca mal colocada sobre una grasienta cabellera. 

Según su biógrafo Henry Arthur Kamen, Felipe V murió de forma repentina a los 62 años, pero su muerte fue la consecuencia del deterioro físico y mental del monarca:
"En el momento de su fallecimiento, llevaba por lo menos cuatro meses seguidos sin lavarse y su condición era tal que al intentar asear el cadáver, los sirvientes se llevaban en las esponjas trozos de la piel“. 

Por cierto, en el Palacio de Oriente, que hizo construir Felipe V, no había ningún baño completo con bañera en todo el palacio. Sorprende bastante, si tenemos en cuenta que su extensión es de 135 000 m² y 3418 habitaciones (en superficie, casi el doble que el Palacio de Buckingham o el Palacio de Versalles), y que es el palacio real más grande de  Europa Occidental. El primer baño completo lo hizo instalar Manuel Azaña, presidente de la II República Española, en la época en que, con el nombre de Palacio Nacional, sirvió de residencia al Jefe del Estado republicano. 
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