La enfermedad y lo sobrenatural


William Blake: Satán produce úlceras malignas a Job. Tate Gallery. Londres. 



LA ENFERMEDAD Y LO SOBRENATURAL 

   XAVIER SIERRA VALENTÍ





La medicina es una de las cosas más estrechamente vinculadas con el conjunto de la cultura, puesto que toda transformación de las concepciones médicas está condicionada por las ideas de la época”                                                                          (H.E. Sigerist) [1] 


La enfermedad ha sido considerada de diversas formas a lo largo de la Historia. Sus diferentes interpretaciones vienen moduladas por el pensamiento y la ideología de la sociedad de cada época. El pensamiento lógico primero, el método experimental y el positivismo más tarde han revolucionado nuestra concepción del mundo y nuestra visión de la patología. Pero con anterioridad las enfermedades fueron vistas como hechos sobrenaturales, y relacionadas con sanciones al comportamiento humano. Esta concepción se ha reflejado en el arte, la literatura y en otras varias manifestaciones culturales y subyace en la actualidad en buena parte del imaginario colectivo.


I.               CAUSAS SOBRENATURALES DE LAS ENFERMEDADES


Enfermedades enviadas por Dios

En la antigüedad clásica  se consideraba que las enfermedades de los hombres estaban enviadas por los dioses. Según la mitología griega, las dolencias estaban causadas por las flechas lanzadas por el dios Apolo (Ilíada, I) [2]. Por ese motivo el mismo dios era quien podía sanarlas, convirtiéndose, junto con su hijo Asclepios, en un dios médico y sanador [3]. Los santuarios de Apolo y de Asclepios se convirtieron en lugares de peregrinación para obtener la curación de los enfermos. Allí tenían lugar diversos rituales sanadores, que culminaban con la incubatio, un ritual secreto que ha dado el nombre a lo que los médicos conocemos hoy como incubación de las enfermedades. Si el enfermo se curaba, debía ofrecer un gallo en sacrificio y llevar un ex-voto al santuario para testimoniar su recuperación.
En general, la patología es un fenómeno fuera de lo normal que tiende a percibirse en todas las culturas de pensamiento mítico como causada por fuerzas sobrenaturales, divinas o demoníacas, que son pues las únicas que pueden sanar las diferentes dolencias. En una fórmula egipcia para tratar la alopecia areata, encontramos invocaciones a Atón, el que sana la hendidura” : eso es, el que repuebla la zona de pelada (Ebers 766) [4]. Los encargados de tratar las enfermedades eran los sacerdotes en una medicina plenamente teúrgica. La figura del médico laico surge a partir de la aparición del pensamiento lógico (Grecia, s. V aC), aunque médicos y sacerdotes compartirán funciones por mucho tiempo. No falta quien cree que el propio Hipócrates tal vez comenzó siendo un asclepíade (sacerdote del templo de Asclepios) lo que facilitó que pudiese observar un gran número de enfermos que acudían a curar sus males al templo.
En la Biblia, la enfermedad se asocia frecuentemente a un castigo divino. Muchas veces se presenta la enfermedad (y en especial la enfermedad cutánea)  como un castigo a los enemigos de Israel, como en el caso de la sexta plaga de Egipto, en la que la piel de los hombres y de los animales se cubrieron de úlceras (Exodo 9, 8-9). También en el Apocalipsis la epidemia desencadenada por el primer ángel es vista como un castigo divino al mal comportamiento colectivo (Ap. 16, 2).
La concepción de la enfermedad como castigo ha impregnado la cultura judeo-cristiana, explicando así muchas actitudes a este respecto. En muchas leyendas medievales los comportamientos pecaminosos o blasfemos son inmediatamente seguidos de una enfermedad súbita, castigo evidente del mal comportamiento. A veces el arrepentimiento del pecador puede conseguir la misericordia divina y la curación del cuerpo es paralela a la salvación del alma. Pero cuando no es así, la enfermedad se cronifica o incluso llega a la muerte del impío.


La enfermedad causada por el demonio. De los suplicios infernales al exorcismo.

Pero no siempre la enfermedad se interpretaba como una intervención divina. Otras veces es el diablo quien puede causar la enfermedad. Era fácil asociar la enfermedad con el Mal, y el Mal estaba siempre encarnado por Satán. Ya en la antigua Babilonia se creia que las enfermedades estaban producidas por demonios y los sacerdotes eran los encargados de conjurarlos y echarlos del cuerpo.
Muchas enfermedades, especialmente las enfermedades mentales, fueron achacadas a la presencia de demonios en el cuerpo (fig. 1). Eran los llamados endemoniados. Probablemente entre ellos se contaban muchos casos de oligofrenia, paranoia o epilepsia. Se alude muchas veces a ellos en la Biblia y en varias ocasiones protagonizan curaciones milagrosas de Jesús y de los Apóstoles. Los exorcismos, rituales para expulsar los demonios del cuerpo, son reconocidos por la Iglesia Católica. Aunque una de las órdenes menores del sacerdocio es precisamente la de exorcista, en la actualidad estos rituales son practicados por clérigos especializados previa autorización del obispo. 
Aparte de las quemaduras por el fuego, congelaciones, mordeduras de animales y desollamiento, algunas enfermedades cutáneas, especialmente las más pruriginosas como la sarna, son descritas entre los tormentos infernales.  En el Infierno de Dante (XXIX, 73-87)[5], se describe el tormento de los falsificadores de moneda como una enfermedad descamativa y muy pruriginosa que ha sido interpretado como un prurito biopsiante [6] . También  entre los musulmanes encontramos suplicios para las víctimas del pecado, que recuerdan a los síntomas del pénfigo:  “A quienes no crean en nuestros signos les arrojaremos al Fuego. Toda vez que se les queme la piel se la cambiaremos por una nueva, para que sigan sufriendo el castigo.” (Corán 4:56) [7]
La sociedad medieval, obsesionada por el juicio final y la posibilidad de condenarse en el  fuego del Infierno se puso a quemar los cuerpos para salvar las almas. Herejes, brujas, judíos conversos relapsos ardieron en las hogueras.  En una época en la que los símbolos tenían una gran importancia, la imaginación popular buscó la presencia diabólica en todas partes. La presencia de ciertas lesiones cutáneas, como ciertos nevos pilosos o angiomas son frecuentemente interpretadas como marcas de Satán en el Medioevo. Un nevus en el glúteo podía constituir la prueba de un comercio carnal con el diablo. En las épocas de epidemias y pestes era fácil acusar a alguien de haber envenenado las aguas por inspiración del Maligno. El dermografismo producido en algunas personas por el rascado de tres dedos sobre la piel era considerado prueba inequívoca de brujería [8]. 


II.              ENFERMEDAD Y PECADO

Enfermedad y marginación social: la lepra

Las enfermedades de la piel  frecuentemente son motivo de rechazo.  La evidencia de sus lesiones motiva repulsión y miedo al contagio. Una impureza, una suciedad que ninguna agua lustral puede purificar.  En muchas culturas, las dermatosis son relacionadas directamente con una falta, con un pecado del enfermo. En la India, se cree que los afectos de vitíligo han pecado en esta vida o tal vez en una vida anterior, y que por esto son castigados.
De todas las enfermedades, la que ha sido más ampliamente estigmatizada es sin duda la lepra.  Desde los textos védicos a la Biblia, los leprosos han sido considerado impuros, indignos de mezclarse con el resto de la comunidad. En los documentos encontrados en el  mar Muerto, se prohibe a los leprosos formar parte de la secta judía de los esenios.
La marginación de los leprosos deriva de las normas higiénicas del libro bíblico Levítico (Lev, 13:46). En él se recomienda el reconocimiento de la enfermedad por los sacerdotes y el posterior apartamiento de la comunidad de los que sufrieran signos de tsará’at. Con este nombre hebreo se englobaban lo que hoy conocemos como diferentes enfermedades cutáneas, como psoriasis o vitíligo. Muchas de ellas eran contagiosas, entre las que probablemente se encontraran además de la lepra, tiñas, parasitosis, e infecciones bacterianas [9] (lo que tal vez podría explicar esta especie de cuarentena, en un intento de evitar contagios). En la versión griega de la Biblia, la Septuaginta, el término tsara’at fue traducido como lepra. Más tarde este término griego pasó a designar una sola enfermedad, la llamada elefantíasis de los griegos (hoy enfermedad de Hansen) Pero en la versión latina de la Biblia, la Vulgata, S. Jerónimo optó por seguir usando el término de lepra, que ya había cambiado por entonces su significación. Las recomendaciones de aislamiento se aplicaron pues a los leprosos durante todo el período medieval. Ésta fue una de las causas de su terrible e injusta marginación [10]. En las versiones modernas de la Biblia (tras el Concilio Vaticano II) se ha aclarado esta denominación de la tsará’at, en un intento de mitigar tan injusta consideración.  
Pero hay una segunda causa de la terrible marginación medieval de los leprosos. La lepra, difundida ampliamente por Europa a partir del s. VII, pronto adquirió un significado simbólico, identificándose con el pecado [11]. En la Edad Media cualquier fenómeno tenía una explicación simbólica. Se consideraba que la lepra estaba causada por la cópula de los padres del enfermo en días no permitidos, especialmente en los días de la menstruación. En un sermón del obispo Cesario de Arles (s. VI) se advierte que si se hace así, los esposos incontinentes “tendrán hijos leprosos o epilépticos, o tal vez demoníacos” [12].  En la historia de los Milagros de Nuestra Señora, de Gautier de Coinci (1178-1236) también la lepra sobreviene como castigo al hermano del emperador, un personaje adúltero y mentiroso.  
Pronto se realizó una comparación constante de los leprosos con los herejes, que también convenía segregar: la herejía era la lepra de la Iglesia. La combinación lepra/herejía no podía ser más explosiva.  También a veces la lepra podía ser el castigo divino a los judíos impíos y blasfemos, cada vez más marginados de la sociedad medieval cristiana, dando claros argumentos a un antisemitismo creciente [13].
El leproso pues, era hijo del pecado, sin respetar ninguna clase social. La incidencia de la lepra fue muy importante en Europa en los s. XII y XIII. En 1227, el testamento de Luis VIII de Francia  legaba 100 sueldos a cada una de las 2000 leproserías del reino, lo que permite hacerse una idea aproximada de la incidencia del mal [14]. En las leproserías, los enfermos eran a la vez segregados al tiempo que se les hacía cumplir una penitencia. Como diría Michel Foucault a propósito de los locos, se les tenía vigilados y castigados [15]. En 1179, el III Concilio de Letrán permite la construcción de capillas y cementerios en las propias leproserías lo que hace más severo el confinamiento de estos enfermos que vivirán en un mundo aparte, si bien no lejano a ciudades y burgos. 
Así pues, cuando una persona era declarada leprosa, se le segregaba de toda actividad social. En algunos países incluso se practicaba un ceremonial para-litúrgico solemne con el fin de subrayar este estado. El  leproso revestido con un sudario  asistía a su propia misa de difuntos, se le entregaban ropas especiales y una campana para avisar a todos del mal que padecía y del supuesto peligro que representaba su proximidad. El sacerdote arrojaba tierra del cementerio sobre la cabeza del leproso, mientras le decía:  Estás muerto para el mundo. Volverás a vivir con Dios [16].
En la Edad Media, la enfermedad se considera un signo externo del pecado o de la heterodoxia.  Los que la sufren son malditos de Dios y por lo tanto, también por los hombres.  La Iglesia se niega a dar las órdenes  sacerdotales a los leprosos. Tampoco pueden desempeñar ningún trabajo. Su única slida será la mendicidad y vivir confinados en lazaretos. Pobre, enfermo y vagabundo son sinónimos en la Edad Media. A esto se añade la sospecha sistemática. Tras la hambruna de 1315-1318, se acusa a leprosos y judíos de que envenenaban los pozos. Nuevamente encontramos la enfermedad vinculada a la heterodoxia, a la diferencia ideológica. Felipe V de Francia desencadena una persecución contra los leprosos en toda Francia. Muchos de ellos fueron sometidos a tortura y murieron en la pira.  
La lepra no era la única causa de marginación social. Otras enfermedades sufrieron este destino durante la Edad Media. Los llamados agotes (cagots en francés) fueron un grupo social que vivió confinado en ciertos valles pirenaicos del País Vasco,  Navarra y Aragón, así como en zonas de Gascuña, Aquitania y Bretaña. Sufrían una marginación similar a la de los leprosos, e incluso en algunos lugares les obligaban a llevar una pata de oca como distintivo, para advertir su presencia. Tenían fama de buenos artesanos y de tallar bien la madera. Muchos de ellos participaron en la construcción de iglesias de la Orden del Temple. Tal vez los templarios vieron así  garantizado ciertos secretos: si los constructores pertenecían a un grupo social estigmatizado, su discreción sería segura.  El origen de este grupo es misterioso, así como la causa de su segregación. Algunos la interpretan como derivada de una enfermedad (se ha apuntado que podrían ser leprosos fugitivos de leprocomios o presentar una alta incidencia de otras enfermedades cutáneas, como la psoriasis). Otra hipótesis, atendiendo a ciertos rasgos físicos los asimilan a grupos  étnicos diferentes del resto de la población. Finalmente no hay quien vea en ellos la herejía como la razón de su marginación: los agotes serían los descendientes de cátaros fugitivos. Nuevamente, enfermedad y heterodoxia se entrelazan como una causa de rechazo social [17].


La sífilis, el castigo a la lujuria

En la mentalidad de que la enfermedad estaba originada por el pecado, la súbita irrupción de la sífilis en Europa redobló los argumentos. Aunque al principio el llamado mal francés era achacado a la conjunción de los astros o a otras causas diversas, pronto se descubrió el mecanismo sexual del contagio, y ya en 1498 Villalobos afirmaba que “la parte pecante es la parte paciente[18]. 
El contagio sexual de la lúes reforzaba la idea de la enfermedad-pecado, configurando una clara asociación entre placer, quebrantamiento de la ley divina y enfermedad:  El terrible mal era una clara penitencia por la lujuria, y esta creencia marcó profundamente la visión social de esta enfermedad, e incluso modificó la moral y las costumbres a partir de entonces. La sífilis (como otras enfermedades transmitidas sexualmente) comenzó a considerarse como “enfermedad vergonzosa”, y se ocultaba cuidadosamente. El dermatólogo Ricord, que contribuyó notablemente al conocimiento de la sífilis y que tenia una prestigiosa consulta privada en París, dispuso para garantizar la discreción que los hombres y mujeres accedieran a su consulta por escaleras independientes, y aún una tercera escalera servía para los pacientes más vergonzantes o prostitutas.
Las llamadas enfermedades venéreas se asociaron pronto a la marginalidad social. Padecer estas enfermedades fue pronto tomado como sinónimo de prostitución, libertinaje o homosexualidad. Es decir, no era sólo la prueba del pecado sino consideradas una desviación social, un estigma de marginalidad, merecedor de desprecio y de rechazo[19] . 
Se propugnaron exámenes médicos y certificaciones prematrimoniales, en un intento de evitar la propagación de la enfermedad y aprovechando la circunstancia para superponer moral y medicina[20].  En este sentido, es demostrativo observar como a finales del s.XIX aparecieron múltiples “tratados de higiene del matrimonio”[21],  y “ligas de profilaxia sanitaria y moral” con esta finalidad[22].
La consideración de la sífilis y otras ETS como vergonzosas y asociales dieron pie a Adolf Hitler a una personal visión del probema sanitario, que ya expresó en “Mein Kampf” (1925):  hacía falta luchar contra esta “prostitución del amor”. También aprovechaba para arremeter contra el único medicamento efectivo del momento: el Salvarsan, descubierto por judío Paul Ehrlich, premio Nobel  de Fisiología y Medicina 1908. Para Hitler ésta era una droga inútil, ya que los individuos que habían contraído la sífilis eran seres asociales que amenazaban la familia, la descendencia, el patrimonio y la salud de la nación entera. Para Walter Krantz, el nuevo catedrático de Dermatología en Göttingen bajo el régimen nazi, los enfermos de sífilis eran “en su mayoría antisociales, mentalmente inferiores, de carácter débil, y psicópatas”[23].  La llamada “higiene matrimonial” tuvo vigencia durante décadas y fue una de las prácticas de depuración sanitaria del III Reich, especialmente orientadas a la eliminación de prostitutas y homosexuales.  
La alta incidencia de sífilis congénita en el s. XIX había vuelto a plantear, con más fuerza aún la cuestión del pecado de los progenitores. La gran prevalencia de la enfermedad  (125.000 afectados en la ciudad de París a finales del s.XIX) hizo que Fournier planteara la necesidad de políticas de control de prostitutas, ejército y marina, contribuyendo a que se elaborara el concepto de enfermedad social[24]. 
La sífilis congénita (llamada en aquel momento heredosífilis) se erigió como la prueba fehaciente del recuerdo de la culpabilidad de los padres, la penitencia por la falta sin remisión posible. Un argumento mayor para fomentar el miedo a la sífilis, mantenido y amplificado por una propaganda cultural y una profilaxis moral agresiva que abró el camino a las teorías eugenésicas que se desarrollaron durante el III Reich, con cierta aquiescencia de la burguesía centroeuropea del momento[25].  Eugenesia que también se propuso para enfermos con transtornos mentales y enfermedades genéticas como xeroderma pigmentoso, neurofibromatosis de Recklinghausen, hidroa vacciniforme, epidermolisis ampollar, queratodermias congénitas..[26]


El pecado de los padres

La presencia de la enfermedad en la infancia, o desde el nacimiento se interpretó muchas veces como originada por el pecado de los padres. En el Evangelio, los apóstoles preguntaban a Jesús si un ciego de nacimiento lo era por sus pecados o por los de sus padres (Jn 9, 1-3).  Este tipo de pensamiento está en concordancia con la creencia en el pecado original, transmitido por Adán a su descendencia. Vemos pues una clara identificación entre pecado y enfermedad.
Evidentemente, las enfermedades congénitas como es el caso de las genodermatosis fueron frecuentemente achacadas a conductas pecaminosas de los progenitores. Aún hoy persiste en algunos lugares la creencia popular de que algunos angiomas o nevos congénitos han sido provocados por la transgresión de ciertos tabús como son sentimientos de envidia o a antojos insatisfechos de la madre durante el embarazo.
En el Medioevo, una de las conductas paternas que se creían generadoras de enfermedades era copular en días prohibidos (durante la Cuaresma o vigilias de fiestas, por ejemplo, o durante la menstruación)  Hay que tener en cuenta que los días que la Iglesia consideraba hábiles para la cópula (siempre dentro del matrimonio) eran como mucho 180 días al año[27]. Se creía que las prácticas sexuales en días no permitidos podían tener como consecuencia no sólo abortos, mortalidad infantil o la aparición de enfermedades congénitas en el niño, sino de otras de aparición más tardía como tiña o lepra[28]. 
Entre los s. XVI y XVIII, la mayoría de síndromes congénitos, especialmente los que cursaban con alteraciones mentales o con afectación de la piel (genodermatosis), fueron relacionados con el pecado.  Se barajaban diversas hipótesis sobre el origen de tales enfermedades.  Al ser muchas de ellas congénitas,  se especulaba sobre si podían haber sido fruto del pecado de los padres o incluso producto de cruces de hombres con ciertos animales.  El cirujano Ambroise Paré creía que tales fenómenos estaban producidos por una acción diabólica o que eran producto de la acción maléfica de las brujas. En todo caso, los monstruos (como así se llamaba a tales enfermedades) suscitaron una gran curiosidad.  Se representaron en dibujos publicados en gacetillas de la época en la que teratología real se entremezclaba con monstruos imaginarios de gran expresividad simbólica. La representación de monstruos simbolizando pecados u otras alegorías era frecuente desde la Edad Media, especialmente en el arte románico, por lo que el imaginario popular estaba acostumbrado al simbolismo de estas quimeras. En todo caso hay que entender estas representaciones como la advertencia de que los monstruos son el producto de la condena divina de las pasiones, de los amores ilícitos, del lujo, de la ociosidad, del juego, de la herejía. Es la llamada a una cristianización de las costumbres, a la demonización del protestantismo en plena Contrarreforma,  siempre bajo la amenaza del miedo, herencia directa de las prédicas medievales[29].  En este contexto, los afectos de estos males fueron frecuentemente chivos expiatorios que sufrieron frecuentes violencias con las que se creía combatir al demonio.
La obsesión por el espectáculo fue una de las características del arte barroco. La contemplación de ciertas  enfermedades formó parte de esta exhibición  morbosa, donde la patología era considerada casi como una curiosidad de la Naturaleza. Las cortes europeas mostraron gran interés por lo anómalo, lo insólito, lo deforme y lo monstruoso, proliferando en ellas enanos acondroplásicos e hipofisarios, gigantes acromegálicos, casos de hipotiroidismo, hipertricosis congénitas etc.  Muchos de estos personajes fueron inmortalizados en pinturas cortesanas, como las de Velázquez, Carreño de Miranda, Sánchez Cotán o Ribera[30].  Las enfermedades cutáneas, fácilmente visibles, ocuparon un lugar destacado. Fue el caso de D. Petrus Gonzalvus, un canario afecto de hipertricosis lanuginosa congénita, enfermedad debida a un gen recesivo, y en la que la totalidad del cuerpo queda cubierta por abundante pilosidad.  Petrus Gonzalvus, educado como gentilhombre,  fue llevado a la corte de Enrique II de Francia primero y después a la de los Farnesio en Roma y Parma. Sus hijos, Arrigo (llamado Arrigo el Veloso) y Antonietta, heredaron también la enfermedad y fueron pintados por Agostino Caracci y Lavinia Fontana respectivamente.  Ya en el s. XVIII, con un criterio algo más científico,  el  Padre Feijoo comentó el caso del hombre pez de Liérganes (que Marañón reinterpretó como un caso de cretinismo con  ictiosis)[31].
Más tarde, en el s. XIX, esta curiosidad morbosa por lo patológico se canalizó en ferias y circos. Muchas enfermedades de la piel son exhibidas para asombrar al público. La rareza, lo poco habitual, la deformidad, conforman el espectáculo. Hombres de goma (síndrome de Ehlers-Danlos), niños lagarto (ictiosis), mujeres barbudas (hirsutismos endocrinológicos o genéticos), eran expuestos a la observación de los espectadores, que experimentaban una mezcla de curiosidad, repulsión, horror, y lástima ante la visión del mal ajeno. Algunos casos fueron tristemente famosos como el de John Merrick (1862-1890)[32],[33],[34] el hombre elefante, cuya afección ha sido identificada con una neurofibromatosis de Recklinghausen[35] por unos o con un síndrome Proteus[36],[37] por otros. 

Job cubierto de úlceras. Sus amigos se lamentan por su infortunio. William Blake. Ilustracion para el Libro de Job. 


III.            ENFERMEDAD Y REDENCIÓN

La enfermedad del justo: Job.

No siempre las enfermedades han ido vinculadas al pecado, al castigo o a otras connotaciones negativas. En el caso de Job, las dolencias fueron permitidas por Dios para probarle, a pesar de su bondad. Cierto es que fue el diablo quien cubrió de úlceras su piel, aunque con la aquiescencia de Dios. El caso de Job es pues el de un justo que sufre pacientemente una enfermedad inmerecida, sin transgresión previa (fig. 2).
Muchas han sido las interpretaciones de la enfermedad bíblica de Job, desde la sarna al pénfigo. Según el relato bíblico sus síntomas eran muy diversos: intenso prurito (Job 2:7-10), aparición de gusanos en las úlceras (Job, 7:5), y oscurecimiento de la piel (Job, 30:30). En 1966 fue descrito un síndrome con hiperglobulinemia E autosómico dominante, inmunodeficiencia que cursaba con eccemas, múltiples abscesos cutáneos por estafilococos, neumonía recurrente con formación de neumatoceles al que se le dio el nombre de síndrome de Job[38], por la variedad y cronicidad de su semiología.
Otro ejemplo sería la enfermedad del pobre Lázaro (de la parábola del pobre Lázaro y del rico Epulón). El egoísmo y la codicia del acaudalado Epulón contrastan con la pobreza y las penalidades del pobre Lázaro, frecuentemente representado con signos de una enfermedad cutánea. Mientras Epulón purga pronto sus penas en el infierno, Lázaro es acogido en el seno de Abraham. Esta fue una iconografía muy frecuente en la Edad Media y la encontramos en claustros como los de Moissac, Sant Cugat y Monreale, o en frescos románicos como los de San Climent de Taüll (fig.3)
La concepción de enfermedad enviada por Dios a los justos tuvo una gran aceptación entre los primeros cristianos, que la consideraron una prueba de la solidez de su fe. Algo olvidada después cuando pestes y epidemias fueron interpretados sobre todo como castigos divinos, tomó nuevo auge tras el Concilio de Trento, siendo adoptada por los místicos como una mortificación más en su línea de ascetismo y de contraposición alma-cuerpo. Así podemos ver como muchos santos aceptaron con alegría su patología, considerándola incluso como un regalo de Dios.  


La enfermedad de los santos: sufrimientos y mortificaciones místicas.

Las corrientes místicas católicas tienden a identificarse de tal modo con los sufrimientos de Cristo que intentan compartirlos mediante la ascesis y la mortificación. Las representaciones cruentas de martirios y los relatos de los sufrimientos de los mártires aparecen por doquier, sin escatimar detalle alguno. Aunque esta tendencia aparece en el s. XIV (tras la gran epidemia de peste de 1348) se incrementa considerablemente tras el concilio de Trento, y con el misticismo de los s. XVI, XVII y principios del XVIII.  Se asiste pues a una apología del sufrimiento.
Los jóvenes, como Teresa de Jesús, sueñan con el martirio. El martirio anhelado y no alcanzado se sustituye frecuentemente por las mortificaciones y penitencias en la espiritualidad post-tridentina. El cuerpo, sede de las pasiones y del pecado, debe ser castigado. La divisa de Teresa de Jesús es especialmente reveladora: Aut pati, aut mori (o sufrir o morir). Para la santa de Avila, el cuerpo es sufrimiento y el sufrimiento es mensajero de Dios: “Un martirio demasiado breve no puede hacer un gran santo” [39]. Flagelaciones y cilicios son frecuentes, no sólo en los conventos y monasterios sino también entre los laicos devotos.
Los jansenistas vieron en la enfermedad el medio de vencer el mal que amenazaba al pecador. Pascal llega a decir que “la enfermedad es el estado natural del cristiano”. Un jansenista enfermo no es pues un enfermo cualquiera, sino un enfermo penitente, que aprovecha el debilitamiento de la carne para fortalecer su espíritu[40].
Incluso aparece una forma de piedad consistente no sólo en cuidar del enfermo, sino tambien demostrar poca repugnancia hacia sus males. Besar los abscesos o tumores cutáneos o incluso lamer las vendas de un enfermo es considerado prueba de caridad cristiana (el llamado “beso franciscano”)[41].
En este contexto, la enfermedad es vivida como una gracia especial de Dios, que elige a las almas puras para compartir con Él el sufrimiento y el dolor[42]. Las intervenciones quirúrgicas, realizadas en el s. XVI sin anestesia alguna, son equiparadas por algunas religiosas con el martirio. La presencia de tumoraciones malignas, de infausto pronóstico, se consideran señal de santidad, camino de martirio e identificación con la Pasión de Jesús, muy especialmente si las partes afectas coinciden con sus llagas (frente, manos, costado)


Los estigmas

La mayor prueba de la señal divina lo constituyeron los estigmas, es decir la reproducción de las llagas de Cristo en un humano, por vía de una visión mística.
Aunque el primer caso de estigmatización fue el de la beguina Beata María de Oignies (c. 1177-1213)[43], sin duda el más conocido es el de San Francisco de Asís (c. 1181-1226). Dos años antes de su muerte, Francisco tuvo una visión: Jesús crucificado, en forma de serafín (ángel con seis alas rojas) se le apareció, y de sus llagas de manos y pies y costado salió una intensa luz que las imprimió en los mismos lugares corporales del santo de Asís. A esta traslación mística de las heridas (que corresponden siempre topográficamente con las del cuerpo de Cristo, revelando así una total comunión e identificación) se le denominó “estigma”. Anteriormente la palabra estigma hacía referencia a las marcas corporales a las que los antiguos griegos sometían a los condenados para denunciar su impureza (στίγμα). Pero a partir del s. XIII toma este nuevo significado místico, la suprema prueba de lo sobrenatural en el cristianismo.
Francisco fue canonizado dos años después de su muerte y la aparición de los estigmas fue considerado un hecho milagroso importante para ello (fig. 4). Posteriormente más de 60 estigmatizados fueron canonizados durante los s. XV, XVI y XVII aunque posteriormente la Iglesia se volvió más cauta al respecto, ya que ha habido casos de lesiones autoprovocadas y de fraudes confesados. Pero en otros muchos casos no se ha podido demostrar ningún origen facticio, y la larga lista de estigmatizados sin explicación clara (más de 400[44]) ha llegado hasta el s. XXI.
Uno de los últimos ejemplos ha sido el Padre Pío de Pietrelcina (1887-1968), que presentó estigmas durante 50 años, hasta su muerte. Tras ésta, las lesiones desaparecieron sin dejar cicatriz visible. Algunos mantienen que probablemente los estigmas del Padre Pío estaban autoprovocados por ácido carbólico, aunque  este extremo no ha podido ser demostrado[45]. Fue canonizado en 2002. 
Los estigmas presentan algunos fenómenos poco habituales en las heridas cutáneas: no cicatrizan a pesar de tratamientos médicos repetidos, y  no se acompañan del olor fétido de las úlceras inveteradas. La posición de la medicina en relación con las estigmatizaciones no está exenta de polémica[46]. Los estigmatizados más recientes han sido objeto de una estricta vigilancia médica, bajo la sospecha de que se tratara de patomimias autoprovocadas, aunque en algunos casos, diversos testimonios médicos han concluido en la autenticidad de las lesiones. Algunos piensan que por ayunos repetidos (anorexia nerviosa), el funcionamiento serotonérgico se reduce,  lo que comporta alteración de la consciencia durante la que tendrían lugar episodios de autoagresión[47]. Para otros en cambio, los estigmas pueden ser fruto de un estado emocional intenso, como es el caso de otro fenómeno similar, la hematohidrosis o sudor de sangre[48], [49],[i]. En opinión de los psiquiatras que se han ocupado de estos casos, los estigmas  sobrevienen siempre en personas con personalidades emocionalmente lábiles, inmaduras y cristocéntricas. Si el stress puede desencadenar psoriasis, liquen o alopecia areata, no es impensable que determinadas personalidades, en ambientes propicios puedan llegar a desarrollar este tipo de lesiones por autosugestión.  En opinión de algunos dermatólogos, los estigmas pudieran interpretarse como púrpuras psicógenas[51], [52].
Curiosamente, los estigmas (desde S. Francisco) asientan en el centro de la cara palmar de la mano, el lugar donde la iconografía tradicional sitúa los clavos del crucificado, a pesar de que es un lugar anatómicamente incorrecto, ya que en una auténtica crucifixión los clavos deberían atravesar las muñecas y no el espacio metacarpiano, ya que en este último supuesto, el peso del cuerpo desgarraria la mano. Lo que prueba que – provocados o no – los estigmas son fruto de una identificación del sujeto con la imagen iconogràfica habitual del crucificado y no con la realidad de la crucifixión. Es decir, en todo caso es el símbolo de la crucifixión, multirrepresentado en pinturas y esculturas, lo que se impone por encima de la lógica anatómica (de mucha menor tradición pictórica) para marcar la localización de los estigmas. El papel del arte como vehículo de una importante carga ideológica queda aquí bien patente. El componente simbólico está además presente en las circunstancias de aparición de los estigmas: suelen renovarse o agudizarse en determinadas épocas marcadas por el ciclo litúrgico (Cuaresma, los viernes..) o  acompañarse de un suave perfume.  En los casos de mujeres, los estigmas suelen coincidir con amenorrea, en una sustitución simbólica de sangre impura versus sangre purificadora[53].  Otro fenómeno similar a los estigmas es el sudor de sangre o hematohidrosis.
Tal vez podamos concluir que si bien nos es difícil definir que son los estigmas, podemos en muchos casos definir bien lo que no son: Claude Simon concluye que (a excepción de los casos claramente autoprovocados) los estigmas no constituyen ni un fraude ni un milagro[54].



IV.            LA CURACION SOBRENATURAL

Milagros terapéuticos

Si la enfermedad era un hecho sobrenatural, lo lógico es que la curación también lo fuera. Los milagros de Jesús ocupan un importante lugar en el Evangelio, y son considerados una prueba de su divinidad. La mayoría de esta actividad taumatúrgica se concentra en veinticuatro curaciones de varios tipos de enfermos:  paralíticos, ciegos, leprosos, sordomudos, epilépticos, metrorragias, hiprópicos, curación de una oreja amputada, cuadros febriles, artropatías, curación de niños moribundos, además de la expulsión de los demonios de un poseído (que podemos considerar como una enfermedad psíquica) e incluso en la resurrección de un muerto (Lázaro).
La curación milagrosa de los enfermos no fue privativa de Cristo (se atribuyen curaciones milagrosas a diversos personajes, de diversas creencias, como es el caso del dios de la medicina Asclepios, que fué castigado por Zeus por haberse atrevido a resucitar a un muerto, excediéndose en sus funciones curativas). Sin embargo en el cristianismo se convirtió pronto en un hecho capital: los sarcófagos paleocristianos muestran diversas escenas de curaciones milagrosas de Jesús, y pronto sus apóstoles y discípulos sanaron también milagrosamente a muchos enfermos, lo que contribuyó a prestigiar rápidamente la nueva religión. El cristianismo se presenta pues como una religión salvífica, soteriológica, que trae la salud al cuerpo de los enfermos en un simbolismo claro de la salvación que aporta a las almas de los pecadores.
La Iglesia acepta que si se los invoca los santos pueden curar las enfermedades, intercediendo ante Dios (figs. 5 y 6). De hecho, uno de los requisitos indispensables para que la Iglesia reconozca un nuevo beato o santo es que éste debe realizar uno o más milagros reconocidos como tales (generalmente curaciones de enfermedades). El estudio cuidadoso de estos milagros y los informes de médicos y testigos son examinados por un tribunal eclesiástico nombrado al efecto, que es el que en caso de encontrarlo suficientemente fundamentado propone al papa su posible canonización.


Reliquias taumatúrgicas

Pero los santos no sólo curaban en persona. Algunos de ellos curaban incluso a los enfermos que se ponían bajo su sombra, como S. Pedro (como representa el fresco de Masaccio en la Cappella Brancacci de la Iglesia del Carmine de Florencia, fig. 7) o bastaba con tocar el borde de su vestido con fe. Es decir, su poder podía ser transferido a objetos o cosas en contacto con ellos. Y así llegamos a las reliquias, objetos cotizadísimos en la Edad Media.
El culto a las reliquias de los cuerpos de los santos, es muy antiguo y se remonta a los tiempos de las catacumbas (tenemos indicios desde mediados del s. II). Se consideran reliquias (restos, reliquiae) los cuerpos de los santos (bien íntegros o fragmentarios; incorruptos o restos óseos); pero también su ropa o objetos que estuvieron en contacto con su cuerpo.  La posesión de reliquias fue muy preciada, alcanzando un gran auge en la Edad Media, llegando a constituir un floreciente comercio. La importancia de catedrales y monasterios (y también de hospitales y leproserías) podía medirse por la cantidad e importancia de sus reliquias (que eran obtenidas por compra, canjeo, donación e incluso por hurto o saqueo) y que generalmente eran celosamente conservadas en ostentosos relicarios  (fig. 8) . El precio que podía pagarse por una reliquia de primer orden era altísimo. Cuando S. Luis compró la reliquia de la supuesta Corona de Espinas de Cristo, mandó construir para ella como un inmenso relicario la Sainte Chapelle de París, uno de los templos de estilo gótico más bellos del mundo. Pues bien: costó más dinero a las arcas reales la adquisición de la reliquia de la Corona de Espinas que toda la edificación de su riquísimo continente.
Si los santos podían curar en nombre de Dios, también sus reliquias podían hacerlo. Esta creencia nos remite a la visión de la enfermedad producida por un poder sobrenatural,  y por esta razón, sólo este mismo poder podía sanarla. De hecho era común la creencia de que el mismo santo que curaba la enfermedad era el que la había causado. Tanto es así que muchas enfermedades se conocían directamente por el nombre del santo: mal de San Antonio (ergotismo), mal de San Lázaro (lepra), mal de San Vito (corea)... [55]
Al parecer, el poder curativo de las reliquias se efectuaba por proximidad. Es decir, el enfermo debía estar cerca de la tumba o de la reliquia en cuestión, o mejor aún, tocarla. La necesidad de este contacto físico fue la responsable de numerosas peregrinaciones terapéuticas. Los peregrinos,  atraídos por la fama taumatúrgica de las reliquias, dejaban la familia y su entorno para dirigirse al santuario, en un viaje que a veces llevaba días, semanas o hasta meses. No era estraño que en la proximidad de estos santuarios hubiera una gruta, un manantial o un árbol emblemático (elementos comunes a viejos cultos ancestrales).  Los centros que disponían de reliquias se beneficiaban a su vez de los ingresos de los peregrinos que allí acudían, con lo que la importancia de este culto fue cada vez mayor. Como ejemplo de la acumulación de reliquias en algunos monasterios baste recordar las más de siete mil reliquias que llegaron a acumularse en el Escorial, donde la monarquía española intentaba enraizar las bases político religiosas de su Imperio (s.XVI-XVII).   
El caso de Santiago de Compostela es paradigmático. Poseía la única tumba conocida de un apóstol y originó un flujo de peregrinos tal que facilitó el intercambio de ideas entre los países europeos contribuyendo a crear y a consolidar el concepto de Cristiandad (fig. 9). Otras ciudades intentaron seguir sus pasos, como fue el caso de Limoges, que poseía las reliquias de S. Marcial y que intentó incluso elevarlo a la dignidad de apóstol, lo que obtuvo por una bula del papa Juan XIX (que en 1854 no fue ratificada por el Vaticano). Sin embargo, la existencia de este decimotercer apóstol, (que la tradición identificaba con el niño que acercó a Cristo el cesto de panes para la multiplicación de los panes y los peces) no llegó a cuajar y la Congregación de Ritos vaticana  no ratificó el supuesto carácter de apóstol de San Marcial[56].
La profusión de santos era casi tanta como la de las diferentes enfermedades, por lo que se produjo una cierta especialización[57]. En cada caso patológico se requería la intercesión de un santo diferente. Algunos habían llegado a eso por su propia biografía o por el tipo de martirio sufrido. Así, S. Lázaro era el invocado para la lepra, ya que esta enfermedad era como una muerte en vida y Lázaro había resucitado. San Roque, peregrino él mismo, protegía de la peste, enfermedad que él mismo había contraído. San Lorenzo, que fue martirizado en una parrilla, era invocado para las quemaduras y las enfermedades de la piel  que se acompañaban de ardor. Otras veces, el atributo con el que se representaba el santo podía dar una pista: Sta. Catalina de Alejandría, que se representa con una rueda (instrumento de su martirio) era la encargada de sanar a los tiñosos (el aspecto circinado y redondo de la tinea corporis recuerda a una rueda). 
Mención aparte merece S. Antonio Abad, que era patrono de los enfermos de fuego de San Antonio o mal de los ardientes (ignis sacer), enfermedad muy común en la Edad Media  (a partir del s.IX-X) y que hoy podemos asimilar al ergotismo. Se trataba de una intoxicación producida por el cornezuelo del centeno, un hongo parásito  (Claviceps purpurea) que segrega ergotamina, un potente vasoconstrictor.  Los enfermos,  generalmente niños o adolescentes, presentaban síntomas psíquicos, con confusión, vértigo, delirio; y fenómenos vasomotores, úlceras y gangrenas, que podían producir pérdida de miembros sin pérdida de sangre[58],[59]. La enfermedad tomó su nombre del aspecto seco y negro del tejido necrótico, que recordaba los troncos carbonizados consumidos por el fuego. También cursaba con fiebre alta,  convulsiones y alucinaciones. La enfermedad fue muy común  durante los  s.X-XIV, ya que el centeno era la base de la alimentación de los campesinos. Eran tantos los que sufrían este mal que nació una nueva orden religiosa, los monjes antonianos (1095) que se dedicaban a atender los afectos de ergotismo[60],[61]. (fig. 10)
 Tras acudir al santuario del santo sanador, los enfermos que conseguían curarse llevaban ahí sus exvotos como signo de agradecimiento (generalmente figuritas de cera representando la parte corporal afecta que había sido curada, o cuadros representando al paciente). La costumbre de los exvotos se había ya realizado en muchos templos de la salud en la época antigua y tenemos múltiples ejemplos de ello en las civilizaciones helenísticas.
San Marculfo tenía una gran fama de curar enfermedades. A su tumba de Cobigny acudían muchos enfermos con la esperanza de curarse. Si bien en un principio, San Marculfo curaba toda suerte de afecciones, poco a poco fue especializándose en la curación de las escrófulas. Esta tradición no tardaría en relacionarse con el poder curativo de los reyes de Francia.


El “toque real”

En la concepción política del Medioevo cristiano, los reyes son los representantes de Dios sobre la tierra. Los reyes eran ungidos por la Iglesia, y eran los depositarios del poder divino. En consecuencia, los reyes no rehusaron actuar como intermediarios de Dios para conseguir "curar" a los enfermos con su mero contacto. Era casi un desafío para reafirmar el auténtico origen divino de su poder, por lo que no era prudente negarse. Hay que imaginar el alto número de fracasos que se producirían, si bien no sería de extrañar que cosecharan algunos éxitos, sobre todo en problemas psicosomáticos en gente especialmente crédula. Gregorio de Tours, en su Historia de los reyes merovingios cita varios de estos casos de curaciones milagrosas por contacto con el rey o incluso con sus vestidos. La confianza en el poder curativo de los reyes, en casos desesperados, se extendió y se afianzó en las creencias populares.
A finales de la Edad Media una considerable epidemia de tuberculosis azotaba Europa Central e Inglaterra. La malnutrición de las clases bajas  (y la inadecuada alimentación de las clases altas), junto con las frecuentes condiciones de miseria, hacinamiento y falta de higiene pública y privada, propiciaron la gran frecuencia de las tuberculosis de la piel, y las formas con afectación ganglionar, que también se conocían como "lamparones". Estos enfermos acudieron en gran número a suplicar a los reyes su curación mediante el contacto real. Los monarcas no pudieron negarse. Era casi un deber de estado.
Es difícil saber cuando comenzó la práctica de la imposición de las manos por parte de los monarcas. La tradición la remonta a Clodoveo, aunque la mitificación habitual que rodea a este personaje hace dudar de la credibilidad del dato.  El monje Elgaldo, que escribía hacia el año mil, cuenta que Roberto el Piadoso, hijo de Hugo Capeto, ya había tocado las escrófulas, y es probable que fuera una costumbre introducida o aprovechada por esta dinastía.  Los nuevos reyes, tras ser ungidos y  consagrados (nuevamente el poder sagrado de la unción, del contacto de las manos del obispo sobre la cabeza del rey, confiriéndole la sacralidad), se dirigían a la tumba de San Marculfo, implorando la curación de los escrofulosos. La fama de sanador de escrófulas de San Marculfo se superpuso al poder curativo tradicionalmente atribuido a los soberanos produciendo que cada vez acudiera más gente para ser tocada por el rey.  Disponemos de datos concretos a partir de Carlos VIII, a quien sólo se le acercaron seis escrofulosos (1484); en tiempos de Luis XII, ya fueron 80 (1498) y llegaron a ser cientos o miles en los s. XVII y XVIII[62].
Para canalizar todas estas curaciones milagrosas, pronto se organizó un pomposo ceremonial. Los días señalados con este fin, el rey oía misa y recibía confesión y comunión, tras lo cual, rodeado de toda su corte, se trasladaba a la sala de los banquetes, donde ocupaba su trono bajo dosel. Los cirujanos que ya habían examinado y seleccionado los escrofulosos, daban entonces la señal para que pasaran. Cuando los pacientes llegaban ante el trono del rey , se arrodillaban. Entonces un médico le tomaba la cabeza entre las manos y la ofrecía al toque real. El rey tocaba al enfermo, diciendo: "El rey te toca, Dios te cura”, mientras trazaba una cruz sobre la cara del enfermo, bendiciéndolo. Con todo esto se reforzaba la idea política del poder divino directo de la monarquía cristiana.
Después del toque real, los enfermos eran agraciados con una medalla conmemorativa que colgaba de unas cintas blancas.  A las medallas también se les suponía un valor curativo "per se", por lo que eran piezas muy preciadas.  La ceremonia se concluía con una paraliturgia, que incluía la lectura de una epístola, oraciones para los enfermos y bendiciones. Finalmente, los lacayos traían una jofaina y una toalla y el rey se lavaba las manos.
No sólo en Francia la monarquía tenia este poder curativo. También los reyes ingleses realizaron el “toque real”. Naturalmente, dada la escasa precisión diagnóstica de la época, no podemos asegurar que todos los pacientes estuvieran afectados de escrófulas o del mal del rey (King's evil), como lo acabaron llamando los ingleses, aunque sí parece que fueron los más abundantes. Algunas descripciones de la época hablan de "unas grandes protuberancias en el cuello" en algunos enfermos. Sin embargo, es probable que los criterios médicos que se seguían en la selección de enfermos eran las adenopatías crónicas con tendencia a la supuración, las afecciones de piel y mucosas con caracteres especiales y procesos óseos y osteoarticulares. La imposición de manos del rey y la gran afluencia de enfermos fueron recogidos por Shakespeare en la tragedia Macbeth (acto IV, escena III) [63]
En Inglaterra se conocen las diversas intervenciones que realizó el rey Eduardo el Confesor, aunque fue Carlos II quien impuso las manos a un mayor número de enfermos (cerca de 100.000).  Sin embargo, no todos los reyes tenían suficiente fe en sus propios poderes curativos. Guillermo III de Orange, tuberculoso él mismo y muy poco supersticioso, hubo de practicar el "toque real" muy a su pesar, por razones políticas y de tradición. Por este motivo, cada vez que imponía las manos a un enfermo, murmuraba una fórmula muy personal: "Que Dios te dé mejor salud y más sentido común"[64].
Los médicos de la época, por otra parte, fomentaban esta creencia. Du Laurent dedicó un libro a esta práctica, De mirabilis strumas sanandi, en la que afirmaba que con este procedimiento, de mil enfermos, más de quinientos logran la curación. La afluencia de enfermos llegó a ser extraordinaria. Como esta prerrogativa sólo la ejercieron los soberanos de Francia e Inglaterra, acudían enfermos de otros países.  Cuando Carlos V hizo prisionero a Francisco I de Francia y lo deportó a España, se encontró con que los escrofulosos se precipitaban sobre él rogándole que les tocara.  
Todavía en 1825, con motivo de su consagración como rey, Carlos X, el último Borbón francés, impuso las manos en Reims a 120 escrofulosos, presentados ni más ni menos que por el célebre cirujano Dupuytren, en un acto de reafirmación de la monarquía y de sus tradiciones. Uno de los médicos reales asistentes era ni más ni menos que el padre de la dermatología,  J.L. Alibert, que comentó: "Es ésta una costumbre inmemorial que ya no está en armonía con las ideas filosóficas del siglo". Fue ésta la última vez que se practicó el "toque real".


Conclusión

Las concepciones sobrenaturales de las enfermedades han precedido a la concepción positivista actual, conformando no pocos aspectos ideológicos de la sociedad occidental que persisten actualmente coexistiendo con la visión médico-científica.  En todo caso está fuertemente enraizada en el subconsciente y en las creencias populares, y ha contribuido considerablemente a la construcción de nuestro entorno cultural.  







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